miércoles, 28 de diciembre de 2016

Mi pacto de fin de año

Son casi las 12, el año está próximo a acabar. Estoy cansado de trabajar y trabajar, año con año, sin lograr mis objetivos económicos.
Otra vez estoy rodeado de personas que todo el año se la pasan maldiciendo, quejándose y que en estos momentos, están agradeciendo por este año que está a punto de terminar.
Tanta hipocresía me da asco, el escuchar “con que tengamos salud, lo demás no importa”.
Sin despedirme de nadie, me retiro, voy conduciendo a casa y llega a mi memoria ese librito que compre en el mercado de sonora, lo compre por curiosidad, sin embargo, quiero ver que tan ciertas son esas patrañas.
Al llegar a casa, faltan 5 minutos para las 12, empiezo a leer aquel conjuro para llamar a lucifer y ofrecer mi alma. No quiero la vida eterna, si tengo que vivir puras privaciones en la vida terrenal.
Coloco mi pentagrama en el piso, con sus velas negras en cada punta. Falta un minuto para las 12. Comienzo a recitar aquel conjuro “Lucifer, yo te amo, príncipe de la obscuridad, ven a mí, oh príncipe de las tinieblas, siempre te serviré”, mientras recito estas palabras, abro una herida en mi muñeca.
¿Qué está pasando?, un humo negro, comienza a brotar del lugar del pentagrama donde ha caído mi sangre. Volteo a ver el reloj, se ha detenido.
Escucho una risa, y distingo una silueta, se empieza a desvanecer el humo, en el centro del pentagrama hay una mujer hermosa.

¿De verdad quieres venderme tu alma, a cambio de riqueza? Me pregunta. Sin vacilarlo, afirmo la pregunta. Un resplandor comienza a emanar de mí, y se extiende como un camino luminoso a sus garras. Poco a poco este resplandor se hace más tenue. Ella tiene mi alma en sus manos.
No me siento diferente, ella me mira y se ríe. “siempre serás mío, y cuando mueras, no tendrás que preocuparte, ya que tu alma estará siempre conmigo”.
De súbito se llena de humo la habitación, ya no tengo la herida en mi muñeca y el pentagrama ya no está, volteo a ver el reloj y ya está funcionando.
Suena el teléfono, es una extraña llamada, diciendo que toda mi familia ha muerto al colapsar el edificio en donde estaban celebrando el fin de año y a mi mente llega el pensamiento que soy el único heredero.
No tendré que preocuparme por el dinero más, pero ¿está pasando todo esto? ¿de verdad hice un pacto de fin de año?
En estos pensamientos, dan las 12, a lo hecho pecho, así que solo me preocupare por no morir…


Jorge F. Guillen
“Pluma mexicana”


domingo, 27 de noviembre de 2016

La madrastra ebria

Siempre odio el trabajo, aborrecía ser ordenada por alguien más. La educación que le dieron en el pueblo del que procedida, la limitaba a trabajar como sirvienta; limpiar, lavar, cocer y cocinar. No  sabía leer ni escribir. Odiaba profundamente ese pueblo y la gente que había en él. Adoraba la bebida, en especial un fermentado de aguardiente y nanches que preparaban en su pueblo natal. Con ese elixir olvidaba su miserable realidad.
No usaba zapatos, sus pies rajados y partidos por la tierra la agobiaban de dolor y eran un motivo más para huir del trabajo.
Su oportunidad llego, el día que trabajo en la casa de un extranjero mayor, viudo con una pequeña. Su esposa falleció el día que dio a  luz. Al contratar dicha sirvienta, sus bajos instintos se despertaron. Eran otras épocas, así que la hizo su esposa.
Por primera vez en la vida, tuvo algo de poder, fue enseñada a vestir, a comer, a hablar y a comportarse. En su negro corazón los celos y el odio se fueron acumulando al ver el cariño que le profesaba el anciano a su pequeña hija. En cuanto tuvo la oportunidad, le dio su alma al demonio en un pacto a cambio de tener los bienes y el poder de aquel extranjero. El demonio al ver su obscuro corazón, accedió inmediatamente.
Al poco tiempo, murió aquel extranjero, dejando a su pequeña en garras de la madrastra ebria. Como es de imaginarse, la pequeña fue humillada, maltratada y descuidada, hasta que protegida de la mano de Dios, huyo por su propia cuenta.
La madrastra ebria, siguió su vida de atropellos y miserias, traía a la gente de su pueblo a trabajar en condiciones peores que la esclavitud. Mato a su propia hermana, la cual trabajaba como sirvienta de la casa de esta señora. Enferma y al borde de la muerte fue explotada hasta que dio el último suspiro.
Nada en esta vida es gratis, por lo cual pasados los años, el demonio vino a cobrar su factura. Ella aterrada, bebió más y más, sin embargo, no logro escapar de aquel negro cobrador. Todas las noches venía a sus aposentos, la golpeaba y la trataba de arrastrar al infierno. Un día el demonio se fastidio y le dijo una frase que sigue retumbando en su cabeza; “aguardare al día que mueras y ahí nada te podrá salvar, tu alma es mía y ardera por siempre en el infierno”.
Nada podía hacerla olvidar esa frase y esa risa burlona, la cual día y noche retumbaba en su cabeza.
Desde ese dia y a la fecha, va todos los días a la iglesia tratando de burlar el trato con el demonio, sin embargo, nada la salvara, ya que la postrera sombra esta próxima a su alcoba y el demonio aguarda tras de ella….


Jorge F. Guillen
“Pluma mexicana”

lunes, 31 de octubre de 2016

La casa de los demonios

Siempre me había preguntado que habría en esa casa que se encontraba frente a la mía. Desde pequeño, la recuerdo abandonada, solo he sabido al  respecto rumores y habladurías de los vecinos. Unos comentan que la habitaba una señora que vendió su alma al diablo por dinero, otros comentan que eran unos satanistas que ofrecían niños, en fin, una bola de rumores increíbles, unos más que otros.
Mis padres decían que a las 3 de la maña se escuchaban ruidos, risas y voces demoniacas que provenían de aquella casa. Yo nunca logre escuchar nada, hasta aquella noche.
Esa fatídica noche llegue muy ebrio, había extraviado mis llaves en el bar y mi familia se encontraba de vacaciones. No quise dar ninguna molestia a ningún vecino. Mi única opción era guarecerme hasta el día siguiente en la casa de enfrente.
Entre por una puerta enchuecada de un costado, todo se encontraba en penumbras. Poco a poco, mis ojos se acostumbraron a la obscuridad. Al principio solo vi algunas ratas y sentí el aroma a humedad propio de una casa abandonada. Hacia frio, y mi ebriedad comenzaba a tornarse en somnolencia, así que decidí acomodarme en un rincón de lo que en otro tiempo fue una sala comedor. No sé cuánto tiempo me quede dormido, hasta que el sonido lejano de unas risas y un frio que calaba hasta los huesos me despertó. No lograba ver nada, hasta que súbitamente se encendió un fuego en medio de la sala, alrededor había 3 siluetas. Por un momento, pensé que seguía en estado de ebriedad, lo hubiera preferido a lo que sucedió.
Una manaza velluda y con garras atravesó el fuego, y me tomo por el cuello. Me quede sin palabras. Solo escuche risas y una voz que decía “esta es la entrada al infierno, ¿Qué haces aquí? Insignificante mortal”.
No me atreví a responder. De súbito, la manaza me soltó en medio del fuego, fue cuando tuve cara a cara al mismísimo miedo. Era lucifer, me miraba fijamente. Solo exclamo; “siempre has sido escéptico, sin embargo, aquí te estaré esperando, cuando mueras, te llevare al infierno personalmente, las vidas que has tomado, no son gratis…”. Sus ojos se fijaron en los míos, y poco a poco comencé a ver a todas las personas que había hundido financieramente en mi loco afán de ganar dinero, las cuales a causa de sus problemas se habían suicidado, todas ellas estaban ahí, en el centro del fuego, queriendo arrastrarme.
Como pude me solté, y salí corriendo, sin embargo, tras de mí, solo escuche; “vende por ti cuando mueras, es una promesa”.
Desde ese entonces, no he vuelto a casa, y no hay día que al cerrar los ojos, no vea el rostro de Lucifer, aguardando pacientemente por mí…



Jorge F. Guillen
“Pluma mexicana”



martes, 6 de septiembre de 2016

Odiando la rutina


Ya estaba fastidiada, solo que no lo sabía. Toda la semana sola, iba a la oficina y por las noches llegaba a su casa, a dormir en una cama matrimonial sola. Su pareja trabaja fuera, solo los fines de semana iba a casa.
Todos los domingos por la noche lo veía partir y los viernes por la noche lo veía egresa. Tenía la esperanza que un día las cosas se reestablecieran, lo imaginaba regresando el fin de semana con un ramo de rosas para ella. Ese fin de semana se dio cuenta, lo vio llegar a casa ese viernes por la noche. Ella deseaba que la tomara como un león a su leona, deseaba revolver las sabanas con él, sentirlo entre sus piernas. Se había puesto su lencería sexy para recibirlo, se había preparado para él.
Al llegar, él solo le dijo hola. No la besó, fue directo a la cama. Ella regreso a la realidad y el fuego que había en su corazón se extinguió al sentir el hedor de los pies de su pareja en su nariz.
Todos esos meses que había esperado con ansia a que el la tocara, la acariciara y la tomara explotaron en un instante. No se pudo contener y lo baño de insultos. El solo dijo una frase que desató toda su cólera; “hay otra en mi vida”.
No pudo contener la rabia, tomo la lámpara de noche y la estrelló en su cabeza. La sangre que broto de su cráneo solo logro encender la ira. Él se quedó en el piso, lleno de rabia se levantó y la abofeteo, esperaba calmarla con este acto de violencia.
Ella corrió desesperada a la cocina del apartamento, solo alcanzo a escuchar sus pasos corriendo tras de ella. La rabia que sentía y el dolor de su corazón roto nublaron su pensamiento, solo tomo un cuchillo filetero y al voltear desgarró el  cuello de su perseguidor.
Todo el dolor y rutina que tenía sobre su ser la dejaron pasmada, solo recobro el conocimiento hasta que la sangre que emanaba del cuello del que solía ser su pareja toco las medias que cubrían sus pies.
En ese momento se sintió satisfecha, toda la pesadez que sentía se había desvanecido, inclusive no sentía el dolor en su mejilla. Había roto la rutina, se sentía liberada.
Tomo las llaves del auto y fue a comprar gasolina. Al regresar, rego el combustible por todo el departamento y le prendió fuego.
Nadie la ha visto desde entonces, los mas cercanos presumen que se fue embargada por la pena de perderlo todo, sin embargo yo se que se encuentra rompiendo su rutina, sus paradigmas y sus esquemas y satisfaciendo la sed de sangre que descubrió en ella ese día, ese día en que se dio cuenta que había vivido odiando la rutina.

Jorge F. Guillen
“Pluma mexicana”
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domingo, 24 de julio de 2016

La sangre en la plancha

Ya tenía varios meses trabajando en el restaurante de hamburguesas, conocía perfectamente todos los procesos del manual corporativo. Poco a poco comenzó a perder el gusto por su trabajo, ya que día a día era lo mismo.
Estaba harto de tratar a los clientes que consumían diariamente esas hamburguesas llenas de carbohidratos y veneno. Los atenida en el servicio personal y por la ventanilla para el servicio de auto. Por las tardes, le tocaba preparar las dichas hamburguesas, el aroma de la carne cocinándose en la plancha le revolvía el estómago día a día. Al final del día, su asco se disipaba un poco con el aroma del jabón que empleaba para trapear todo el establecimiento, o el jabón empleado en lavar los enceres empleados para dichos efectos.
Pese a el fastidio, controlaba su humor y les mostraba a todos una sonrisa fingida, todos creían que era el perfecto engrane de la monstruosa corporación.
Diariamente rogaba por que sucediera algo que cambiara la monotonía del lugar, como un asalto un secuestro o un homicidio.
Después de varios meses de nada suceder, había abandonado su esperanza, sin embargo ese día había pescado un resfrío, por lo que no se sentía en las mejores condiciones físicas y anímicas. Eso no fue suficiente para el inescrupuloso superior, el cual pese a todo, lo obligo a trabajar ese dia. Ya había pasado la primera hora de su turno, y la fiebre que sentía no cedía. El dolor del cuerpo cortado no le permitía  continuar con la sonrisa.
Pasadas tres horas, agradeció al creador por la hora de tomar sus alimentos, la cual tuvo que gastar en tomar una pequeña siesta y reponerse del resfrío. Al despertar se sentía peor, un sudor frio le recorría el cuerpo. Uno de sus compañeros le comento que se veía mal, que fuera al médico, sin embargo, sus suplicas y las de sus compañeros no fueron suficientes para que el pobre infeliz obtuviera permiso de ir al médico.
La solución del gerente fue pasarlo a la parrilla, en la parte de atrás en donde no lo vería la clientela. Con el calor de la parrilla, comenzó a sentir mareo. Cierta confusión se apodero de él. Derivado de esto, comenzó a preparar de forma incorrecta las hamburguesas.
Después de un par de quejas de los clientes, el gerente armado de la prepotencia acostumbrada, fue a darle una reprimenda.
Todos los sentimientos de hastío, odio y malestar que tenía se desataron al escuchar el tercer “inútil” que salió a gritos  de la boca del cerdo fascista.  Sin pensarlo dos veces, cogió la espátula y con ella golpeo la cabeza del gerente.
Nadie sabe que sucedió con él, seguramente huyó, o quizá anda buscando saciar su sed de sangre, venganza y satisfacción, ya que lo único que dejo tras de sí fue un gerente muerto, con el rostro desfigurado, medio cocinado, pegado a la plancha y un charco de sangre cocinándose.

Jorge F. Guillen
“Pluma mexicana”



miércoles, 20 de julio de 2016

El demonio de Chapultepec

Había hecho el amor con mi chica hasta muy tarde, nos encontrábamos en un estacionamiento del bosque de  Chapultepec. Era aproximadamente 2:58 de la mañana, me daba curiosidad caminar por el bosque a esa hora. Mi chica no quiso salir del auto, se tapó con una frazada y se acomodó a dormir en el asiento trasero.
Me vestí, y salí a caminar un poco en el bosque. El viento era helado y solo unos cuantos postes de luz iluminaban algunas sendas del bosque.
Ya había perdido de vista el estacionamiento y únicamente escuchaba el crujido de las ramas que pisaba, el susurro de algunos animales y el viento soplando entre las ramas.
Estaba a punto de regresar, cuando algo pasó empujándome a toda prisa. Lleve mi mano a mi bolsillo trasero y no tenía mi billetera,  seguramente era un ladrón que me la acababa de robar. Sin pensarlo más corrí en su búsqueda, estaba resuelto a recuperar mi cartera. Comenzaba a fatigarme sin poder dar alcance al ladrón, estaba a punto de abandonar la persecución cuando se detuvo a un costado del museo de antropología. Claramente vi como salto entre las rejas y entro al edificio por una de las exposiciones exteriores. Algo en mi ser me decía que me fuera, sin embargo al recordar mi cartera, resolví seguirle nuevamente. Salte la reja y entre al edifico en medio de la obscuridad. Después de un rato, me percaté de que en esa sala no había nadie, por lo que me dispuse a regresar, sin embargo vi nuevamente a la sombra correr en el patio. Rápidamente Salí de esa sala en su búsqueda, al llegar al patio, solo alcance a ver que entraba en la sala mexica.
Al entrar todo era penumbra total, mis ojos apenas se acostumbraban a la oscuridad, cuando unas llamas se encendieron, pude ver que estaba parado frente al calendario azteca.
La luz de las llamas lastimaba mis ojos, así que no pude abrirlos del todo, los cerré para habituarme mas rápido, y al abrirlos estaba frente a mí. Era el rostro más espantoso que he visto en la vida, tenía dientes afilados y excesivamente grandes, su piel era arrugada, su nariz hacia recordar el día de brujas y sus ojos destellaban la maldad.
Solo sentí un fuerte empujón y alcance a escuchar una risa maléfica. En cuanto pude incorporarme, salí lo más rápido que dieron mis piernas y no paré hasta llegar al auto. No dije ni una palabra a mi chica.
A la mañana siguiente, efectivamente no tenía mi billetera y mi chamarra estaba desgarrada. No le di mayor importancia, hasta que conté el incidente a un buen amigo, el cual me dijo que ese era el demonio del calendario azteca, y que por consumar el acto carnal en su territorio tenía que ofrecerle un tributo, que había tomado mi billetera, ya que ahí tenia parte de mi esencia y que para recuperarla, tendría que ir nuevamente a la misma hora y ofrecer un poco de mi sangre sobre el calendario, o de lo contrario, tomaría mi alma. Sin embargo me advirtió que tuviera cuidado, ya que el demonio trataría de engañarme y tomar mi alma y cuerpo, arrastrándome al infierno.
Estoy aquí, aguardando la hora, mis manos sudan sobre el teclado. Si lees esto, quizá haya perdido mi alma, solo no olvides nunca consumar el acto en los terrenos de este demonio…

Jorge F. Guillen
“Pluma mexicana”

miércoles, 13 de julio de 2016

El violinista del infierno




Desde pequeño adoré la música clásica, este gusto lo herede de mis padres. Ellos escuchaban a Beethoven, Mozart, Chopin, Vivaldi y varios grandes más de la música.
Sobre toda la música, siempre adore el sonido del violín, era un éxtasis escuchar una pieza de Paganini.
También desde pequeño tome lecciones de violín, en todas las lecciones logre algunas melodías, entendía perfectamente las partituras, sin embargo siempre me quede con ganas de más.  Mis manos eran torpes, los sonidos que salían de mi violín eran más semejantes a chirridos de puerta carente de aceite, que al arte audible que brotaba de las piezas de paganini. Esto siempre me frustro muchísimo.
Llegue a la adolescencia con esa frustración, siempre quise tocar el violín como Paganini. El día que lo logre, fue un día que escuchaba la “sonata del diablo”, deliciosa pieza la cual al escucharla, le deja a uno la impresión de estar haciendo el amor con la música. Con esa bella pieza, se me ocurrió investigar un poco más sobre el mito del pacto que había entre Paganini y el demonio. En toda la investigación, apareció el nombre de un demonio quien supuestamente otorgo su habilidad a Paganini a cambio de su alma. Nada perdería con intentarlo.
Esa misma noche, me encontraba según la creencia popular en un cementerio, a las tres de la mañana, dispuesto a conjurarlo. Encendí las velas negras, 5, cada una en una punta de un pentagrama trazado en el suelo, con unos restos humanos en el centro, y un poco de mi propia sangre.
Recité las palabras sacramentales, sin que nada sucediera. Al cabo de media hora, sin escuchar más que los ruidos de algunos insectos en el cementerio, decidí volver a casa. Cuando llegué a casa, no tarde en quedarme dormido. En un sueño, un hombre sin rostro se me acercó,  con una voz grave y burlona me dijo que me concedería lo  que había pedido, sin embargo, aparte de mi alma, mi castigo seria  escuchar la sonata todas las noches sin poder descansar realmente. En ese momento, la comencé a escuchar.
A la mañana siguiente, pensé que todo había sido un sueño, pero mi insana curiosidad me hizo tomar el violín e intentarlo. Fue la primera  vez que hice música. A partir de ese momento, me convertí en un famoso violinista, inclusive fui contratado por el conservatorio de música, hice varias giras, en fin, el sueño de todo músico.
Pese a que  adoro la música, odio la sonata, ya que no puedo cerrar los ojos, sin tener que abrirlos al instante. Cuando logro dormir, aparte de la sonata, me despierta esa voz burlona que me recuerda el poco tiempo que me queda como dueño de mi alma…

Jorge F. Guillen

“Pluma mexicana”

viernes, 8 de julio de 2016

Las llamas que devoraron mi cuerpo

Nunca entendí que pasó,  algo recordaba borrosamente; había cogido un taxi. No había caminado del trabajo a casa. Abrí la puerta y me sentí mal.
No recuerdo que pasó.
A mi alrededor solo había tierra, si, era tierra, más bien era como la ceniza de un cigarro, solo que el aroma era bastante diferente. No me puedo mover, solo alcanzo a ver luz que entra por algo parecido a una ventanilla.
¿En dónde estoy?, quizá fui secuestrado. No lo creo. Estoy atrapado en mi cuerpo, no puedo ni levantar los brazos, tampoco puedo respirar. Mi pecho no se mueve.
Que sensación tan extraña. Siento la incomodidad del lugar en donde estoy, creo que me duele la espalda y estoy seguro que me duele muchísimo la cabeza. Hace calor aquí.
Nunca antes había estado aquí. ¿Cómo habré llegado aquí?, lo recuerdo vagamente. Estuve en un lugar parecido, solo que era frio, me dolía la cabeza, pero igual, no pude moverme. Me quede dormido, hasta que un movimiento me despertó. No pude ver qué pasaba. Cierto, me cubrieron con una bolsa.
Veo llamas, si, son llamas, ¡Me estoy quemando! Siento el calor y siento el dolor de las llamas que devoran mi cuerpo, no puede ser posible. Veo las llamas lamer mis  ojos, extrañamente el dolor de mi cabeza está desapareciendo.
Ya me puedo mover, que raro, me siento muy ligero, ya no tengo dolor, y pese a que estoy entre las llamas, no siento calor ni frio.
Ya lo recuerdo, camine del trabajo a casa, al entrar había alguien. Si, estaba robando mi casa, no me dio oportunidad de defenderme, me disparó. Estuve en el suelo durante horas, hasta que la vecina histérica me cubrió con una manta blanca, solo veía el tejido de la tela, pero pude escuchar. Escuche que había sido asesinado. Me llevaron al forense, de eso estoy totalmente seguro, ya que sentí como removían mis viseras y en términos médicos decían que eran sanas, a excepción de mis pulmones, supongo que estaban afectados por el cigarrillo. Disparò en la cabeza dijeron, supongo que por eso me dolía la cabeza, sin embargo sentí el hedor de mis propias viseras. Sentí la aguja entrar y salir de mi piel varias veces y, a punto de desmayarme,  me metieron a una especie de refrigerador en el cual perdí el conocimiento.
Cuando me movieron y me deslumbro la luz, solo recuerdo que alguien me lavaba y me vestía. No dijo ni una palabra. Me metieron a una caja, supongo que fue un féretro. Estuvo cerrado todo el tiempo, ya que vagamente recuerdo escuchar llantos y rezos.
No sé cuánto tiempo pasó, pero haciendo memoria, estoy en un horno crematorio. ¿Soy un alma en pena?, tal vez. Sin embargo, estoy seguro que esas llamas que devoraron mi cuerpo, me dieron esta nueva libertad. Si soy un alma libre debo cruzar el portal…  

Jorge F. Guillen

“Pluma mexicana”


viernes, 1 de julio de 2016

Valak y mi alma

Siempre ambicione encontrar el tesoro que según mi abuela estaba oculto en su casa, ahora casa de mi madre, desde tiempos de la revolución. Eran según el mito, más de 100 centenarios, lo que traducido en dinero actual, eran más de 22 millones de pesos.
Me había quedado en el paro, y navegando por internet, encontré que había un demonio que ayudaba a encontrar tesoros entre otras cosas que se hacía llamar Valak. No pensé dos veces en contactarlo, las deudas me consumían y no había esperanza de encontrar trabajo próximamente, así que decidí invertir lo que me quedaba del finiquito para contactarlo y me dijera la ubicación del tesoro.
Acudí al mercado de sonora y después de bastante rato platicando con charlatanes y estafadores, varios me recomendaron con una señora. Cuando llegue al local, la puerta estaba abierta, así que entre, la energía que emanaba de aquel cuarto, era demasiado fuerte. La dama fue muy amable, incluso me advirtió que mi propósito era bastante oscuro, y que lo que deseaba, era un bajo valor por mi alma. Lo que me hizo titubear fue que ella me dijo que lo pensara bien antes de hacerlo, ya que una vez iniciado, no habría marcha atrás. Cegado por la ambición, decidí continuar. La amable dama me dio una especie de receta con un conjuro, y ciertos dibujos y pasos que debía trazar y hacer para invocarlo. Cuando quise pagarle, con lágrimas en los ojos me rechazo el pago.
Llegue a mi casa pensando en la dama, sin embargo estaba ansioso por que fueran las 3 de la mañana, ya que era la hora exacta en la que debía hacer la invocación.
A la hora mencionada, estaba listo. Había trazado el sello que me dio la dama, con mi propia sangre, como lo había mencionado, tenía encendidas las velas negras y listo un cáliz con hostias machacadas y revolcadas en sangre como tributo. Una vez que inicie la invocación, comenzó a temblar el piso, y por un instante reinó la obscuridad.  De súbito, el trazado que había hecho con mi propia sangre, se dibujó con fuego y el en centro apareció un sacerdote. Cegado por la ambición y engañado por la bondadosa figura del sacerdote, cambie mi alma por la ubicación exacta de los centenarios.
Los siguientes meses, todo fue perfecto, tenía muchísimo dinero y comodidades, sin embargo todos los días al terminarme de duchar, en el espejo aparecía la frase “me perteneces”. En casa comenzaron a pasar cosas extrañas. Decidí acudir con la dama del mercado de sonora, a lo cual solo me respondió que no había marcha atrás, que mi alma ya no me pertenecía.
Esa noche, el mismo sacerdote que me había otorgado su favor, se hizo presente en casa, pero se veía más demacrado. Sin previo aviso, me sujeto por el cuello con una mano que era más semejante a una garra que a una mano humana, y me exigió su pago. No puedo recordar nada, solo que me desvanecí, y que al día siguiente, tenía una mano marcada en el cuello. No hay nada que hacer, noche tras noche aparece, esperando pacientemente a que se extinga mi vida y pueda reclamar su pago. En mis sueños nocturnos solo puedo ver como Valak toma mi alma entre sus garras…

Jorge F. Guillen
“Pluma mexicana”


miércoles, 29 de junio de 2016

Enterrado en vida

Desperté en la obscuridad, me sentía bastante adormecido. Por más que abro los ojos no puedo ver nada, el pánico se apodera de mí ser.
No puedo respirar bien, siento algo  en mis fosas nasales y en la boca. Como puedo, retiro  aquellos objetos, puedo palparlos, se sienten como bolas de algodón comprimidas.
En el impulso de la desesperación, intente salir del sitio, levanto los brazos y solo puedo escuchar  el ruido sordo de un cristal rompiéndose, siento  sobre mi torso caer los pedazos. Supongo que me corté al sentir el aroma y la sensación viscosa de mi sangre y el dolor en mis manos.
No puedo moverme, la oscuridad es total.
Palpo a mí alrededor, siento algo acolchado, cubierto con satín, un sudor frio recorre mi cuerpo, no hay duda, estoy en un ataúd.
El lugar es cómodo, siento como me incomoda el nudo de lo que siento, es una corbata. Intento aflojarlo sin mucho éxito.
El tiempo que llevo en esa posición, hace incomodar mi espalda, intento cambiar de postura, el espacio es demasiado estrecho.
Comienzo a recordar, estaba en la oficina, cuando sentí un fuerte dolor en el pecho, recuerdo el dolor y recuerdo que comencé a ver todo borroso. Vagamente recuerdo el sonido de una sirena. Ya lo recuerdo, una chica me hablaba dulcemente, recuerdo que me lavaba y hablaba dulcemente conmigo. No recuerdo sus palabras, sin embargo todo el tiempo me regalo una sonrisa. Recuerdo un escaparate, también recuerdo ver muchos conocidos llorando a través del cristal. Recuerdo, ya no recuerdo nada más.
A pesar de que he sobrevivido, no tengo muchas esperanzas. Hace demasiado calor. Otro escalofrío me recorre, al pensar que a mí alrededor, seguramente a no más de unos centímetros, se encuentran otros restos humanos.
La sed me está atormentando, siento como el sudor recorre mi frente y moja mi cabello, sin embargo no puedo beber nada.
Comienzo a ser presa de nuevo del pánico, juntaré todas mis fuerzas e intentare salir. No puedo hacer nada, supongo que sobre mi hay más de metro y medio de tierra.
Comienzo a sentir sueño, supongo que es por la hipoxia.
Ya no queda nada que hacer, estoy enterrado en vida. Me gustaría ver mi lápida. Es el momento justo para reunirme con el creador. Tengo la boca muy seca, al grado que mi lengua se pega en el paladar. De un momento a otro, perderé el conocimiento, no queda nada más que hacer, el sueño comienza a vencerme. Por primera vez en la vida… descansaré…


Jorge F. Guillen

“Pluma mexicana”

lunes, 27 de junio de 2016

El demonio de la funeraria

Ese día fui a la funeraria, a presentar mis condolencias a un buen amigo mío. El funeral era lo típico; mujeres llorando, otros tantos rezando y los más indiferentes.
Yo presente mis condolencias a mi amigo, y me dispuse a retirarme. El edificio estaba en el centro de un cementerio, al atravesar rumbo al estacionamiento era bastante tétrico.  Trate de no pensar en ello, sin embargo, en uno de los corredores que se extendían al fondo del pasillo, vi a una dama, hermosa, solo la vi de espaldas. Alcance a ver que era blanca, llevaba un vestido negro corto, sus piernas lucían espectaculares, y el contorno de su figura te quitaba el aliento.
La seguí pensando que era alguna doliente del funeral, que seguramente se había extraviado en la inmensidad. Intente gritarle, pero se volteó a verme, su rostro era hermoso. Sin decir nada, me indico que la siguiera, y, embelesado por su belleza, así lo hice. Caminamos a través de la sección más vieja del cementerio y llegamos a una capilla antigua, alcance a ver en la fachada que databa de 1859.
Ella abrió la puerta y se metió, lo dude por un momento, pero termine siguiéndola. En el interior, ella se posó sobre la lápida, al acercarme, su dulce aroma me hizo ceder, y no resistí el besarle. Hicimos el amor desenfrenadamente sobre aquella lápida.
Cuando me estaba arreglando la ropa, le pregunte su nombre, y solo escuche a mis espaldas una risa burlona. Al instante volteé sobresaltado, ya no estaba la hermosa chica, era algo con una forma humana, pero a la vez, irradiaba una energía muy pesada.
Le pregunte quien era, no respondió. De pronto en el polvo de la lápida se dibujó; “No tienes la templanza para resistir, por lo tanto me perteneces…” exclamó.  Lo único que pude hacer, fue salir corriendo, atorándome entre las ramas del pasillo, y escuchando a mis espaldas esa risa burlona.
Llegue al auto, subí y me encerré. Mi respiración era agitada, así que trate de calmarme. Cuando comencé a respirar más relajadamente, una voz susurró a mi oído; “No  puedes esconderte”.
No supe que sucedió. A la mañana siguiente, el guardia de la funeraria me despertó golpeando el vidrio de la ventanilla. Bastante nervioso, le platiqué los acontecimientos de la noche anterior, y muy tranquilo me explico que no era la primera vez que ocurría, y que ese demonio me estaría esperando hasta el final de mis días. En mi cara se reflejó la desesperación. El guardia lo notó y me dijo; “No te preocupes, a mí también me espera, desde ese encuentro, nuestros días están contados…”


Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”

sábado, 25 de junio de 2016

El ejecutivo en la mira

Ahí estaba el, con un dedo en el gatillo de un poderoso Barrett m95, y un ojo en la mira telescópica. Contenía la respiración, a la espera del momento oportuno de accionar el gatillo. La emoción lo embargaba, ya que sería un héroe, un libertador del pueblo.
Tomaría la vida del dictador, no era cualquier tarea.
Desde la mira telescópica podía observar a esa insulsa mujer que había sido actriz de la televisora local, aquella que durante años había sedado y atontado al pueblo, durmiendo sus mentes con partidos de futbol y con telegramas vacíos, los cuales iban poco a poco pudriendo la mentalidad de esa sociedad. A su lado, estaba su objetivo, el ejecutivo en turno, jefe de estado, responsable de muchas muertes, pero sobre todo responsable del malestar del pueblo. Había devaluado el poder adquisitivo del pueblo, también había vendido la riqueza natural del país, dejando a las futuras generaciones en completo estado de indefensión.
Estando en ese momento tan importante, él estaba convencido de que el ejecutivo merecía morir. No era más que la marioneta de un tirano y un dictador, el sistema tan corrompido de esa sociedad lo dejo llegar al poder gracias a influencias, sobornos y la ignorancia del pueblo. Nada había hecho a beneficio de su patria, pero mal más grave que les había hecho, fue regalar pantallas a diestra y siniestra para atontar más a la gente con la televisión en señal HD. Esa fue su sentencia de muerte.  Todo lo había hecho a beneficio de un anterior ejecutivo que sufría alopecia severa y tenía las orejas muy grandes. Ese era el verdadero dictador, sin embargo, el ejecutivo marioneta merecía morir, ya que él había ejecutado materialmente todas las desgracias de ese país.
En el momento oportuno, accionó el gatillo y por la mirilla telescópica solo pudo ver la sangre salpicando el templete y a la insulsa actriz que tenía por esposa el ejecutivo.
No paso mucho tiempo para que la máquina represora del estado diera con nuestro héroe, sin embargo, pese a ser torturado y privado de su libertad, siempre declaró; “Me convertí en un héroe, al liberar a este país de esa plaga, y jamás me arrepentiré de ello”.


Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”


miércoles, 22 de junio de 2016

El hábito traidor

Desde su noviciado, se había encontrado en comunidades femeninas, siempre vivió alejada de la frivolidad, bajas pasiones y ambición del mundo exterior.
Su despertar sexual, lo vivió con las hermanas mayores de su congregación, entre actos lésbicos y depravados que fueron ejecutados en su cuerpo. Por esta razón, nunca descubrió su atracción por el sexo opuesto.
Nunca conoció el poder, siempre estuvo al servicio de la hermana superiora, subordinada, a sus órdenes, placeres y caprichos más banales.
El día que tomó los hábitos, fue asignado como directora de una escuela para varones de la congregación.  Tenía el conocimiento teórico, mas no el práctico, dominaba técnicas de pedagogía para controlar un grupo, más no tenía técnicas para controlar sus pasiones.
El primer golpe de fuego que sintió en la bragadura fue cuando enviaron a su oficina a uno de aquellos adolecentes rebeldes.
No pudo escucharlo, admiraba con lujuria su cuerpo. Para contenerse solo pudo cruzar la pierna y lo hizo salir de su oficina. No comprendía que era aquello que sentía, esa sensación deliciosa que quemaba abajo el hábito.
En este incidente, aparte de aquella sensación, descubrió que tenía el poder sobre aquellos adolescentes. Su mente acalorada por la lujuria, tramó la manera de quedar a solas con alguno de ellos.
A la mañana siguiente, ejecuto su plan, y rápidamente olvido su voto de castidad al sentir las manos de aquel adolecente que torpemente recorrían su cuerpo, cayó en el fondo del placer, cuando culmino el acto sexual. Después de este encuentro, no lo pudo dejar y lo convirtió en una costumbre.
Tuvo con mucha vergüenza que decir a su confesor, sus nuevas costumbres, describir aquel fuego que se escondía bajo ese hábito traidor. La vergüenza pasó, cuando descubrió que el confesor sentía las mismas pasiones. Desato su fuego con el confesor, probo la diferencia entre un hombre y un adolecente.
Después de esto, rumores acerca la madre directora comenzaron a expandirse. Esto comenzó a atormentarla, se había dado cuenta de que era esclava del fuego que sentía bajo el hábito. Recordaba que había roto su voto de castidad, y que sin la orden no sería nada, el pánico la invadía con solo pensar en que se convertiría en paria.
Con el transcurso de los días, el stress y nerviosismo fueron aumentando, hasta el dia que no lo soportó más. Lo último que se supo de ella fue que la hermana portera la encontró colgada de su rosario en su celda.


Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana” 

lunes, 20 de junio de 2016

Las medias negras

Hermosa lucia esa mañana al salir de la ducha, al contemplarla, no pude evitar la sensación de excitación. Mi corazón bombeaba velozmente un torrente sanguíneo hacia mi entre pierna.
Por la hora, únicamente pude besarla, y elogiar su belleza.
En todo el día no pude pensar otra cosa, mi cabeza daba vueltas en la imagen de ella, hermosa y bella cubriendo esas perfectas piernas con unas medias negras. Me estremecía el recordar el sonido de sus piernas rosando mientras caminaba. Recordaba su hermoso rostro aun sin maquillaje, cuan perfecto era; sus labios carmesí, sus dientes perfectamente alineados y blancos, sus mejillas rojas por naturaleza, y sus ojos, esos bellos ojos color miel, los cuales me enamoraron, pero que pese al paso de los años, aun encendían mis más bajas pasiones.
Un escalofrío recorría mi cuerpo al recordar el suave aroma a vainilla que emanaba de su ser, al igual que el aroma a frutas que emanaba de su cabello.
Contaba los minutos para poder estar a su lado. Cuando al fin salí de la oficina, fui a toda velocidad a casa, la espere en la sala. En cuanto llego, no pronuncio ninguna palabra. Se sentó a mi lado, discretamente puse mi mano en su rodilla. Mi lujuria se disparó en ese momento. Comenzamos a besarnos frenéticamente. La cargue y la lleve a nuestro aposento.
En el remolino de pasión, estaba sobre ella, como pude baje mis pantalones, y sin dejar de besar esas bellas piernas, le quite las bragas. Sudoroso y excitado, le hice el amor salvajemente. Ella me afianzaba con sus piernas entrelazadas en las mías, era más que un placer, poder ver su rostro frente al mío, contemplar los gestos de gozo que se dibujaban en su rostro. Magnifico escuchar los pequeños gemidos que de cuando en cuando escapaban de sus labios. Todo un placer fue el sabor de sus labios, la sensación que se generaba en el contacto de mi lengua contra su piel.
Me regocijaba al poder acariciar su piel, besar sus senos, una excitación fantástica me recorría al sentir sus piernas cubiertas con esas medias negras entrelazadas con las mías, que a momentos me apretaban frenéticamente.
En este cóctel de pasión, ella provoco el orgasmo en mi ser, cuando ella apretó fuertemente mis nalgas, y libero el espasmo de su ser sobre mi miembro, eso disparó esa inyección de endorfina en mi cerebro, y ese espasmo en mi entrepierna.
Espero poder tener el honor de poseer a esa mujer nuevamente, y agradecido con el universo quedo, por ese encuentro con ella.


Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”

viernes, 17 de junio de 2016

La zona de confort


Desde pequeño, su vida fue mediocre, nunca sobresalió en algo. Sus padres le enseñaron a quejarse de todo, le inculcaron que el entretenimiento era ver la tv. Creció viendo dibujos animados insulsos, telenovelas y futbol.  Poco a poco su cerebro se pudrió. No terminó la escuela, consiguió un empleo mediocre, en donde le pagaban acorde a su personalidad, es decir, le pagaban mediocremente.
Su pensamiento era; “hacen como que me pagan, hago como que trabajo”. Estuvo estancado varios años en el mismo puesto. Amargamente se quejaba de su sueldo, sin embargo no quería más responsabilidad, se quejaba de su economía, sin embargo, los fines de semana se la pasaba bebiendo y viendo el futbol, en los días laborales, anhelaba la hora de la salida y los fines de semana. Haraganeaba y perdía el tiempo en lugar de maximizarlo.
Siempre quiso cambiar de trabajo, pero nunca tuvo el coraje de salir de su zona de confort, todos los días hacia lo mismo, sin variar la rutina. Era reacio a los cambios.
Al igual que de su trabajo, se la pasaba quejándose de la situación del país. Era una ironía completa, ya que él era el primero que debía predial, agua, impuestos, etc. En elecciones, prefería no votar. Criticaba a todos los candidatos sin informarse de sus propuestas.
Al paso de los años, estaba en el mismo lugar, en la misma zona de confort. Comenzó a ver con envidia a sus conocidos que habían progresado, algunos tenían una casa, algunos tenían auto, algunos tenían hermosas familias y otros cuantos habían logrado el desarrollo personal y profesional de sus hijos. Todo esto él lo añoraba, mas no se daba cuenta que todo esto, sus conocidos lo habían conseguido con mucho esfuerzo, trabajo, sudor y lágrimas.
Debido a esto, comenzó a sentirse incomprendido y se autonombro una víctima de la sociedad. Víctima fue de la zona de confort. Todos los días inventaba chismes, dificultaba el trabajo de sus compañeros, los maldecía a todos. Sin embargo esto no lo llenó. Lo único que consiguió fue perder lo único que le quedaba; su mediocre empleo.
Cayó en una depresión profunda, no salía de la habitación que ocupaba en la casa de su madre. Un día el sentimiento de frustración fue tan grande, que decidió abrir sus venas. No tuvo el coraje, así que decidió ir a una estación de subterráneo cercana a su morada. Cuando el tren se iba acercando a toda velocidad, sin pensarlo, se tiró a la vía. Fue lo único provechoso que hizo en toda su vida; ser alimento para los roedores del subterráneo.
Lectores míos, si esto hicieran todos aquellos que son víctimas de la zona de confort, los subterráneos estarían tapados con sus cadáveres. No se queden con las ganas de intentar algo diferente, háganlo. 

Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”

miércoles, 15 de junio de 2016

El homicida del trapeador

La mayor parte de su vida fue invisible para el resto de sus compañeros de trabajo, solo le conocían como “el señor de la limpieza”. Poco a poco había acumulado rencor hacia sus compañeros, ya que, toda la vida lo habían menospreciado por no ir a la oficina como la mayoría de los Godinez del lugar, en su lugar, el vestía un mono de trabajo, la mayoría bebía café del mundo globalizado, mientras el bebía café soluble.
Su sueldo era muy inferior al del resto de los Godinez que trabajaban ahí, sus actividades eran diferentes. Todas estas y otras diferencias, poco a poco oscurecieron su conciencia, como suele pasar en todos lados en donde existen diferencias sociales. Él no podía desahogarlas. Solo seguía tirando con su trapeador en mano.
Cierto día, al llegar a limpiar la oficina, como de costumbre temprano, estaba su jefa, esperándolo para reprenderlo por un piso el cual aparentemente no estaba trapeado. Él se limitó a saludar, a lo cual como respuesta obtuvo el regaño de su vida. Esa fue la fractura que despostillo su conciencia, no lo pudo soportar y le soltó una bofetada, la mujer se quedó inmóvil. Iracundo, tomo el trapeador, y la estranguló.
Cuando reacciono, aun no llegaba nadie más a la oficina, subió el cuerpo a la azotea y lo incendió. Los restos de ceniza, se los llevo el viento. El aun no podía comprender lo que había sucedido, el pánico se apoderaba de él. Toda esa noche, no pudo conciliar el sueño, pensaba en que sucedería si lo atrapaban y quedara a la sombra de la prisión.
Medito toda la noche, y decidió deshacerse de toda la oficina. Se consolaba mentalmente pensando que todos merecían morir por ser hijos del capitalismo y por las diferencias sociales.
Consiguió un tanque de gas LP y en la mañana que llego, lo dejo abierto en la oficina. Cuando habían llegado todos, atasco las puertas con el trapeador y prendió fuego a la misma.
Todos murieron, a causa de día tras día, alimentar inconscientemente  una inconformidad social. Tras de ellos solo quedo intacta la puerta y el trapeador que la atascaba.

Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”

lunes, 13 de junio de 2016

El aparato que asesinó nuestras mentes.

Grande era su emoción al tener ese aparato entre sus manos, era tanto su gozo, que no pensaba en todas las letras que tendría que pagar ni en las privaciones y carencias que sufriría por pagar dicho aparato.
Era lo último, un teléfono inteligente de manzana, todos lo deseaban, era símbolo de estatus y de poder, de estar por encima de los demás. Le permitiría estar comunicado todo el tiempo, y callaría el “qué dirán” teniendo dicho aparato.
El primer mes, todo fue sensacional, subía fotografías a sus redes sociales, estaba enterado de todos los pormenores de sus conocidos en las redes sociales, hablaba innecesariamente con sus contactos de las aplicaciones de mensajes.
Poco a poco, ese aparato fue gobernando su vida. Su prioridad era pagar la letra del aparato, y, si se acababan sus datos, invertir más en ello. Su mente se retorció, al grado que comenzó a ser más prioritario atender a personas a kilómetros de distancia, que a propia familia. Perdió la privacidad y empezó a olvidar los pequeños placeres de la vida tales como ver a la gente caminar, disfrutar alguna comida deliciosa o simplemente una golosina. Lo más grave fue que comenzó a perder la capacidad de interactuar físicamente con los demás. Ya no hablaba con nadie, o no tenía la capacidad de prestar atención a una pequeña conversación. Su teléfono le exigía respondiera las notificaciones.
Las cosas llegaron a su punto de crisis, cuando a los 6 meses salió un teléfono nuevo. Él aria hasta lo imposible por tenerlo. Ya vivía sobre su nivel económico, a duras penas llegaba a fin de mes. Al adquirir el nuevo teléfono, el agua le superó el cuello. La sombra de la miseria, apareció por su hogar, sin embargo, el poseía uno de los aparatos más caros del mercado.  Poco a poco, comenzaron a embargarle, y su familia lo abandonó.
De nada se había dado cuenta, ya que estaba más pendiente de lo que sucedía en el mundo virtual.
Su colapso moral llegó el día que estaba en el baño, con el teléfono, este por accidente resbalo de sus manos y cayó al inodoro.  Dejo de funcionar. Intento por todos los medios, sin lograr que funcionara. Fue ese preciso instante, en el que se dio cuenta que era un fracasado en el mundo real; había perdido su familia, no tenía amigos, había perdido su empleo, no tenía bienes, no era nadie. Desesperado busco consuelo en el mundo exterior, se asomó por la ventana, y no pudo resistir su miserable realidad. Sin pensarlo 2 veces, se lanzó al vacío.
Todo su ser quedo reducido a una masa de carne, huesos y sangre en el asfalto, y a un teléfono lleno de mierda entre el desecho.

Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”

viernes, 10 de junio de 2016

La niña maligna

Toda su primera infancia fue normal, nunca jugo con la guija, sus padres acudían al servicio religioso, no tenía contacto con espiritismo brujería, o cualquier otra fuente de energía negativa a su alrededor.
Sus juguetes eran los de cualquier niña; tenía muñecas, princesas, algunos juegos de té, osos de felpa, rompecabezas, algunos juegos digitales, entre otras cosas.
Pasaba los días como cualquier infante de su edad; iba por las mañanas al cole,  por las tardes comía con sus padres, hacia los deberes, merendaba, tomaba un baño, y se iba a la cama. Los fines de semana, quizá la llevaban a algún paseo, o al parque. Todo en su vida era normal.
No había ninguna señal de maldad en su vida, sin embargo, la pesadilla comenzó cuando a sus padres le dio por desayunar viendo el noticiero. Como toda la televisión abierta, solo pasaban amarillismo, notas de espectáculos y deportes sin relevancia, pero sobre todo violencia, mucha violencia.
Con el trascurso de unos meses, en su alma antes pura, germino la semilla del mal. Su madre se dio cuenta, el día que la descubrió simulando un ahorcamiento de uno de sus juguetes, igual que la nota del noticiero matutino. En esa ocasión, la reprendieron seriamente, sin embargo el daño que le había ocasionado la televisión, era irreversible.
Cierto día, al volver de la escuela, descubrió en la acera a un cachorro, el cual tenía una patita lastimada. La maldad que tenía en su ser, le impidió ayudarlo, lejos de ello, cogió las tijeras de su mochila, y torturo al animal. Sus padres lo supieron, cuando vieron a una multitud de gente frente a su casa, todos arremolinados en torno a la niña. La cual, con las manos llenas de sangre y una mirada satisfactoria, picaba lo que quedaba de la mole que antes había sido el cachorro.
Desde ese día, su sed de sangre iba en aumento; mataba animales callejeros, lesionaba a los chicos del cole, agredía a quien se le pusiera enfrente.
Agobiados, sus padres acudieron a los mejores especialistas de la ciudad, los cuales solo se concretaban a decir, que nada podían hacer.
Los padres terminaron su agobio, el día que la niña descubrió en la cochera una sierra eléctrica, esa noche, sigilosamente fue al cuarto de sus padres, con la sierra en la mano, lo primero que hizo, fue cortar una pierna a su padre, el agudo grito de dolor y el sonido de la sierra, despertaron a la madre. Aterrada, entro en shock, nada pudo hacer, mientras su hija cortaba su cabeza. El padre murió desangrado, ante la macabra imagen de su hija con la cabeza de su esposa en la mano.
A la mañana siguiente, la policía descubrió los cuerpos de los padres, y no encontró a la niña. Todos sospecharon que se trataba de un secuestro, el cual hasta la fecha, sigue sin resolverse. Sin embargo, nosotros sabemos que ella sigue ahí, saciando su sed de sangre. Nadie está a salvo de la niña maligna.

Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”

jueves, 9 de junio de 2016

El motor del mundo

Cierto día estaban en plena tertulia el amor, el odio, la ira, la avaricia, la pereza y la lujuria.  Conversaban temas vánales, nada relevante, y todo marchaba bien, hasta que el amor exclamo; “Yo soy el motor del mundo, soy la fuerza que mueve a los humanos, lo que genera guerras, alianzas, soy esa razón para que ellos vayan a cualquier lugar y hagan lo que sea”.
Todos lo miraron en silencio, se miraron unos a otros y comenzaron a reír. “Iluso eres querido, los seres humanos tienen dentro de ellos la maldad, así como las semillas de árboles con plaga tienen las larvas, nacen con ellas dentro, y se desarrollan, cuando ellos son hombre, la larva ha corroído su corazón. No puedes ser tú el motor que mueve el mundo” exclamo con tono furioso la ira.
“Es correcto” dijo la avaricia, “todos los hombres son capaces de hacer cualquier cosa por poder y riqueza, el sueño de todos ellos es ser más que los demás por estos medios, ambicionan riqueza y ambicionan poder. Viven para trabajar, no trabajan para vivir. Matan, mienten, hunden y hacen cualquier cosa por estar sobre sus semejantes.”  Un ronquido al fondo del salón, corto la plática; era la pereza, plácidamente dormida, que no se había tomado la molestia de siquiera entrar en la plática, se soñaba así misma, viendo un partido de futbol sin preocuparse de todos los problemas que había alrededor.
El odio, evidentemente furioso estaba a punto de despertarle, cuando la lujuria exclamo; “Dejadle, todos sabemos que el amor tiene razón a medias”. Todos la miraron extrañados. Con una mezcla de satisfacción. “Es cierto, no me mires con esos ojos” replico la lujuria, “Todos los humanos aman, porque sienten deseo sexual, el motor que mueve sus vidas lo llevan bajo la cintura”. Tú crees que eres tú, pero no, te equivocas hermano mío. Es su instinto primitivo de aparearse, el cual se convierte en adicción, lo que los hace hacer cualquier cosa.” La ira y la avaricia estaban a punto de replicar, sin embargo, la pereza se volvió hacia ellos, y sutilmente les dijo; “el hombre ambiciona para que lo amen, siente ira  por no ser amado, pero lo más importante, siente lujuria, y cree que es amor”.
Ninguno dijo nada, solo oportunamente la pereza despertó para decir; “la lujuria es el motor del mundo”.

Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”


viernes, 3 de junio de 2016

El holograma del jefe de gobierno

Toda la población estaba harta de atropellos, siempre era lo mismo; un gobierno corrupto que se inventaba contribuciones, crisis de salud y de estabilidad social, para recaudar más metales de los bolsillos del pueblo.
La historia de toda la vida era que los que más tenían exentaban las contribuciones, y lo que menos tenían, siempre terminaban pagando más. La riqueza era desigual en la sociedad, la ciudad estaba sobre poblada, siempre faltaba el agua, el drenaje era tan malo que en témpora de lluvia se inundaban las calles. El transporte público era pésimo, era una infraestructura anticuada, que ya no abastecía las necesidades del pueblo, una pésima logística, muy mala organización y aumentos arbitrarios en los costos al pueblo.
La gota que derramó el vaso fue una medida la cual “en defensa del medio ambiente”, restringía la circulación de los autos que el pueblo con tanto esfuerzo había adquirido, o bien, mes con mes seguían pagando. Todo era mentira, el jefe de gobierno a 2 años de retirase, quería allegarse de un buen fondo para seguir viviendo como un jeque árabe. No eran suficientes los 43 millones de pesos que ya había robado, quería más.
El día que se publicó dicha medida, toda la población afectada se congrego en el palacio de gobierno, exigiendo a dicho jefe de gobierno dar la cara. Después de muchas horas, el sujeto apareció, fuertemente custodiado. Al ser cuestionado, en respuesta se quiso burlar del pueblo, diciéndoles que era para frenar la contaminación, que será una medida temporal, y todo el tipo discurso de político corrupto.
El pueblo no lo toleró, toda la gente se abalanzó sobre el mandatario y su comitiva, hubo bajas, si, en defensa del pueblo. Los cerdos contratados por el estado para proteger al fascista privaron de la vida a varios ciudadanos, honestos y trabajadores que únicamente protestaban por su derecho violentado.
Lograron secuestrar entre todo el caos al jefe de gobierno. La fuerza de choque lo busco inútilmente todo el día y toda la noche. No era raro que no lo encontraran, ya que el grupo de choque únicamente servía para quitarle el dinero al pueblo.
Un grupo de patriotas, se lo había llevado, después de que el pueblo descargo su ira en su persona, como lo hizo el pueblo italiano con el fascista Mussolini, lo que quedo de restos mortales fue molido y procesado  como pulpa de papel. El pueblo recicló esa basura en un tiraje de  hologramas vehiculares
A la mañana siguiente, todos los vehículos de la ciudad tenían ese holograma, era el holograma del jefe de gobierno, que representaba la más pura expresión del pueblo; ¡No más abuso de poder, el pueblo para el pueblo!


Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”

jueves, 2 de junio de 2016

Un jefe del infierno

Todos los días era lo mismo, día a día la rutina no cambiaba; llegar al trabajo, saludar a los compañeros y escuchar a su jefe.
Su jefe era un demonio, un mismísimo enviado del averno para hacer miserable la vida de todos los Godínez del lugar. Nunca estaba actualizado en las actividades, solo pedía reportes a sus subordinados cuando lo solicitaban sus superiores y solo los trasmitía, nunca movía un dedo a menos que se aburriera de navegar a la deriva en internet. Siempre tenía la razón.  Cuando sucedía alguna desgracia, solucionaba todo gritando exhibiendo y humillando a todos, quería  soluciones, pero nunca supo darlas. Ostentaba ese puesto por recomendación de algún pariente.
Este día todo fue diferente, estaba a punto de divorciarse, su madre había muerto en días anteriores, no había pagado la tarjeta y debía diversos servicios. Todos estos demonios peleaban en su interior, robándole la tranquilidad y el sueño. No había terminado de saludar a sus compañeros, cuando escucho la molesta voz de su jefe, pidiéndole reportes de fin de mes. Sin alterarse los llevo a la oficina de su jefe. Como de costumbre, su jefe no veía a la gente cuando le hablaba, era más importante contestar un mensaje de su móvil. Esta acción comenzó a irritarlo. Cuando por fin el jefe vio los reportes, estallo en un acto colérico, arrojándolos al escritorio y diciendo que eran una porquería, que quería una solución inmediata. Fue en este momento que Amón toco su alma, la ira en un instante se apodero de su ser. Baño a su jefe de insultos, sujetándolo de la camisa. Lo único que encontró a mano, fue una engrapadora, con una tira de grapas al lado, cogió la tira de grapas y recorrió el cuello del tirano. Por un instante, sintió la anhelada libertad. Todos sus problemas profanos desaparecieron. La sensación de paz y tranquilidad inundo su alma mientras el tirano se desangraba en el piso, bañando de sangre su inútil aparato que le reclamaba leyera un mensaje. La imagen de su cuerpo rodeado de la inmunda sangre que escapaba de su cuello era reconfortante. Ni siquiera la tortura y muerte sufridas en la oficina de justicia para poderosos, pudieron arrebatarle esa sensación.
Desde ese día, se desprendió de la vida ajetreada, con una paz y tranquilidad mira de lejos ese demonio llamado estrés, que nos acosa día a día, y se ríe de el en el eterno oriente.
Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”

viernes, 27 de mayo de 2016

EL BENEFACTOR DEL PUEBLO

Una mezcla de bienestar y paz en el corazón sintió al estar parado al frente del Congreso de la Unión, con una Tec-9 en cada mano.
El calor que emanaban las armas recién disparadas, no se comparaba con el de su corazón, que estaba embargado por un sentimiento de satisfacción plena.
Había cumplido con su deber.  No había duda, prueba de ello eran los cadáveres de los legisladores a su alrededor, perfectamente comparables con insectos en estado de descomposición, parásitos de la sociedad.
Era un trabajo que alguien debía hacer, alguien que amara infinitamente a la patria, así como la quimio mata las células cancerígenas, así alguien debía matar a los legisladores.
El recinto estaba en calma, era un ara, en la que se habían sacrificado varios animales, por la gracia de la Patria.
A pesar de las sirenas que sonaban a lo lejos, su mente estaba en paz, sabía que había hecho un bien a su país, ya era un benefactor del pueblo.
Había revindicado a las clases obreras, que marginadas y desempleadas sufrían en crisis, miseria y carencia, mientras los legisladores vivían día a día en opulencia, bebiendo la sangre del país sin ningún escrúpulo.
Era un acto que el mismísimo Dios había ordenado y favorecido, ya que había entrado hasta el mismísimo recinto legislativo sin ningún problema, los pocos extranjeros corruptos que trabajaban en el recinto legislativo, bajo el cobijo de los repugnantes legisladores, le habían permitido el acceso a cambio de unas cuantas monedas. Parecía increíble que en un recinto donde emanaban leyes, trabajaran extranjeros, sin embargo, era la triste realidad, así de podrido estaba el sistema.
El día era perfecto, era día de sucesión presidencial, gracias a él, ya no existía el dictador saliente, ni el entrante, ambos yacían en el piso, con la banda presidencial de por medio.
El pueblo era libre, sus tiranos yacían en el piso, entre curules y su propia sangre, muchos de ellos no se percataron de la liberación del país, ya que se encontraban en brazos de Morfeo cuando el libertador llegó al recinto.
No había remordimiento alguno, así como el matancero sacrifica al cerdo, así como el gato mata a la rata, fue un acto natural, así el patriota tiene que sacrificar a los tiranos.
Él era un patriota, un hombre libere de buenas costumbres, que liberó al pueblo, un hombre que fue privado de la vida, por un elemento del ejército reaccionario, y con este acto, a la patria su vida ofrendo, ¡él es un héroe!, ¡un benefactor del pueblo!




Jorge F. Guillén

“Pluma mexicana”


lunes, 16 de mayo de 2016

El Godinez maldito

Trabajaba en una oficina, enclaustrado todo el día, la única luz que tenía era la iluminación artificial y el computador frente a él.
Cuando tenía algún rato libre, aborrecía salir a la luz del sol. Odiaba a la gente, muy en secreto, tenía pensamientos homicidas respecto a sus compañeros.
Adoraba la oscuridad, entre papeles, números y reportes, se fue convirtiendo en una creatura oscura, sigilosa, huraña y taciturna.
La primera persona que asesinó, fue una chica, Godinez igual que él, era su compañera. Súbitamente dejo de ir a la oficina, hasta que la encontraron en estado de descomposición en una bodega de suministros.
Cuando él la asesinó, estaba colérico, se encontraba en un estado de alteración emocional violenta, la discusión fue por un reporte, un maldito reporte mensual que no fue entregado en tiempo, cuando a su mente volvió la razón, ella ya no existía, el rojo en su ropa era algo que lo complacía.
Desde ahí, tomó gusto por la sangre, día tras día, aguardaba con impaciencia la hora de salida, al igual que los demás Godinez de la oficina, corría atropelladamente al checador, para salir al mundo en busca de una nueva víctima.
No tenía preferencia por quien o en donde, lo único que le importaba, era romper esa rutina oficinesca que día a día lo alejaba de su humanidad, sentir la sangre corriendo en sus manos cuando lentamente recorría el cuello de sus víctimas con un cúter.
Cuando encontraron el cadáver de la primera víctima, la policía estuvo a punto de atraparlo, sin embargo, la investigación se detuvo, después de que 3 agentes asignados al caso, fueran asesinados. Los tres degollados, los tres desangrados.
Después de 365 vidas tomadas, se percató de que no había sangre que lo dejara satisfecho, quería más, pese a doblar el número de víctimas en medio año, nada lo llenaba.
Descubrió su maldición, el día que decidió abrir sus venas, su sed solo se sació cuando sintió su propia sangre en sus manos.
Sus restos mortales fueron descubiertos por una señora de limpieza, quien horrorizada vio en el cubículo del Godinez la ultima frase en letras rojas; “Ser Godinez mi maldición, la sangre mi salvación”



Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”

miércoles, 11 de mayo de 2016

El gran cantinflas

Siempre con los oprimidos
Defensor de la libertad
Nunca te espanto ningún ladrido
Con los pobres siempre estuvo tu lealtad

Ser feliz fue tu obligación
Hacernos felices una cortesía
Tu arte nos brindaste con abnegación
La postrera sombra te llevo con alevosía

¡Ahí está el detalle chato!
Grande eres, fuiste y serás
Aunque por ahí hay algún ingrato
La gloria tú por siempre beberás

Diógenes, Sebas, Úrsulo, sobre todo Cantinflas
Policía, cura, portero, sobre todo humano
Siempre en nuestras mentes la sabiduría insuflas
Siempre nos enseñaste a tender una mano

En blanco y negro, o en color
En época de oro, o época contemporánea
Del país siempre retrataste fielmente el olor
Sin temor, tu obra la maldad balconea

¿Cómo dice que dijo?, aquel dijo
Tons como quien dice, no dice nada
Maldito sea el que alguna vez te maldijo
Por siempre te recordara tu patria amada

Jorge F. Guillèn
“Pluma mexicana”