Ya tenía varios meses trabajando
en el restaurante de hamburguesas, conocía perfectamente todos los procesos del
manual corporativo. Poco a poco comenzó a perder el gusto por su trabajo, ya
que día a día era lo mismo.
Estaba harto de tratar a los clientes que consumían diariamente esas hamburguesas llenas de carbohidratos y veneno. Los atenida en el servicio personal y por la ventanilla para el servicio de auto. Por las tardes, le tocaba preparar las dichas hamburguesas, el aroma de la carne cocinándose en la plancha le revolvía el estómago día a día. Al final del día, su asco se disipaba un poco con el aroma del jabón que empleaba para trapear todo el establecimiento, o el jabón empleado en lavar los enceres empleados para dichos efectos.
Pese a el fastidio, controlaba su humor y les mostraba a todos una sonrisa fingida, todos creían que era el perfecto engrane de la monstruosa corporación.
Diariamente rogaba por que sucediera algo que cambiara la monotonía del lugar, como un asalto un secuestro o un homicidio.
Después de varios meses de nada suceder, había abandonado su esperanza, sin embargo ese día había pescado un resfrío, por lo que no se sentía en las mejores condiciones físicas y anímicas. Eso no fue suficiente para el inescrupuloso superior, el cual pese a todo, lo obligo a trabajar ese dia. Ya había pasado la primera hora de su turno, y la fiebre que sentía no cedía. El dolor del cuerpo cortado no le permitía continuar con la sonrisa.
Pasadas tres horas, agradeció al creador por la hora de tomar sus alimentos, la cual tuvo que gastar en tomar una pequeña siesta y reponerse del resfrío. Al despertar se sentía peor, un sudor frio le recorría el cuerpo. Uno de sus compañeros le comento que se veía mal, que fuera al médico, sin embargo, sus suplicas y las de sus compañeros no fueron suficientes para que el pobre infeliz obtuviera permiso de ir al médico.
La solución del gerente fue pasarlo a la parrilla, en la parte de atrás en donde no lo vería la clientela. Con el calor de la parrilla, comenzó a sentir mareo. Cierta confusión se apodero de él. Derivado de esto, comenzó a preparar de forma incorrecta las hamburguesas.
Después de un par de quejas de los clientes, el gerente armado de la prepotencia acostumbrada, fue a darle una reprimenda.
Todos los sentimientos de hastío, odio y malestar que tenía se desataron al escuchar el tercer “inútil” que salió a gritos de la boca del cerdo fascista. Sin pensarlo dos veces, cogió la espátula y con ella golpeo la cabeza del gerente.
Nadie sabe que sucedió con él, seguramente huyó, o quizá anda buscando saciar su sed de sangre, venganza y satisfacción, ya que lo único que dejo tras de sí fue un gerente muerto, con el rostro desfigurado, medio cocinado, pegado a la plancha y un charco de sangre cocinándose.
Estaba harto de tratar a los clientes que consumían diariamente esas hamburguesas llenas de carbohidratos y veneno. Los atenida en el servicio personal y por la ventanilla para el servicio de auto. Por las tardes, le tocaba preparar las dichas hamburguesas, el aroma de la carne cocinándose en la plancha le revolvía el estómago día a día. Al final del día, su asco se disipaba un poco con el aroma del jabón que empleaba para trapear todo el establecimiento, o el jabón empleado en lavar los enceres empleados para dichos efectos.
Pese a el fastidio, controlaba su humor y les mostraba a todos una sonrisa fingida, todos creían que era el perfecto engrane de la monstruosa corporación.
Diariamente rogaba por que sucediera algo que cambiara la monotonía del lugar, como un asalto un secuestro o un homicidio.
Después de varios meses de nada suceder, había abandonado su esperanza, sin embargo ese día había pescado un resfrío, por lo que no se sentía en las mejores condiciones físicas y anímicas. Eso no fue suficiente para el inescrupuloso superior, el cual pese a todo, lo obligo a trabajar ese dia. Ya había pasado la primera hora de su turno, y la fiebre que sentía no cedía. El dolor del cuerpo cortado no le permitía continuar con la sonrisa.
Pasadas tres horas, agradeció al creador por la hora de tomar sus alimentos, la cual tuvo que gastar en tomar una pequeña siesta y reponerse del resfrío. Al despertar se sentía peor, un sudor frio le recorría el cuerpo. Uno de sus compañeros le comento que se veía mal, que fuera al médico, sin embargo, sus suplicas y las de sus compañeros no fueron suficientes para que el pobre infeliz obtuviera permiso de ir al médico.
La solución del gerente fue pasarlo a la parrilla, en la parte de atrás en donde no lo vería la clientela. Con el calor de la parrilla, comenzó a sentir mareo. Cierta confusión se apodero de él. Derivado de esto, comenzó a preparar de forma incorrecta las hamburguesas.
Después de un par de quejas de los clientes, el gerente armado de la prepotencia acostumbrada, fue a darle una reprimenda.
Todos los sentimientos de hastío, odio y malestar que tenía se desataron al escuchar el tercer “inútil” que salió a gritos de la boca del cerdo fascista. Sin pensarlo dos veces, cogió la espátula y con ella golpeo la cabeza del gerente.
Nadie sabe que sucedió con él, seguramente huyó, o quizá anda buscando saciar su sed de sangre, venganza y satisfacción, ya que lo único que dejo tras de sí fue un gerente muerto, con el rostro desfigurado, medio cocinado, pegado a la plancha y un charco de sangre cocinándose.
Jorge F. Guillen
“Pluma mexicana”




