miércoles, 29 de junio de 2016

Enterrado en vida

Desperté en la obscuridad, me sentía bastante adormecido. Por más que abro los ojos no puedo ver nada, el pánico se apodera de mí ser.
No puedo respirar bien, siento algo  en mis fosas nasales y en la boca. Como puedo, retiro  aquellos objetos, puedo palparlos, se sienten como bolas de algodón comprimidas.
En el impulso de la desesperación, intente salir del sitio, levanto los brazos y solo puedo escuchar  el ruido sordo de un cristal rompiéndose, siento  sobre mi torso caer los pedazos. Supongo que me corté al sentir el aroma y la sensación viscosa de mi sangre y el dolor en mis manos.
No puedo moverme, la oscuridad es total.
Palpo a mí alrededor, siento algo acolchado, cubierto con satín, un sudor frio recorre mi cuerpo, no hay duda, estoy en un ataúd.
El lugar es cómodo, siento como me incomoda el nudo de lo que siento, es una corbata. Intento aflojarlo sin mucho éxito.
El tiempo que llevo en esa posición, hace incomodar mi espalda, intento cambiar de postura, el espacio es demasiado estrecho.
Comienzo a recordar, estaba en la oficina, cuando sentí un fuerte dolor en el pecho, recuerdo el dolor y recuerdo que comencé a ver todo borroso. Vagamente recuerdo el sonido de una sirena. Ya lo recuerdo, una chica me hablaba dulcemente, recuerdo que me lavaba y hablaba dulcemente conmigo. No recuerdo sus palabras, sin embargo todo el tiempo me regalo una sonrisa. Recuerdo un escaparate, también recuerdo ver muchos conocidos llorando a través del cristal. Recuerdo, ya no recuerdo nada más.
A pesar de que he sobrevivido, no tengo muchas esperanzas. Hace demasiado calor. Otro escalofrío me recorre, al pensar que a mí alrededor, seguramente a no más de unos centímetros, se encuentran otros restos humanos.
La sed me está atormentando, siento como el sudor recorre mi frente y moja mi cabello, sin embargo no puedo beber nada.
Comienzo a ser presa de nuevo del pánico, juntaré todas mis fuerzas e intentare salir. No puedo hacer nada, supongo que sobre mi hay más de metro y medio de tierra.
Comienzo a sentir sueño, supongo que es por la hipoxia.
Ya no queda nada que hacer, estoy enterrado en vida. Me gustaría ver mi lápida. Es el momento justo para reunirme con el creador. Tengo la boca muy seca, al grado que mi lengua se pega en el paladar. De un momento a otro, perderé el conocimiento, no queda nada más que hacer, el sueño comienza a vencerme. Por primera vez en la vida… descansaré…


Jorge F. Guillen

“Pluma mexicana”

lunes, 27 de junio de 2016

El demonio de la funeraria

Ese día fui a la funeraria, a presentar mis condolencias a un buen amigo mío. El funeral era lo típico; mujeres llorando, otros tantos rezando y los más indiferentes.
Yo presente mis condolencias a mi amigo, y me dispuse a retirarme. El edificio estaba en el centro de un cementerio, al atravesar rumbo al estacionamiento era bastante tétrico.  Trate de no pensar en ello, sin embargo, en uno de los corredores que se extendían al fondo del pasillo, vi a una dama, hermosa, solo la vi de espaldas. Alcance a ver que era blanca, llevaba un vestido negro corto, sus piernas lucían espectaculares, y el contorno de su figura te quitaba el aliento.
La seguí pensando que era alguna doliente del funeral, que seguramente se había extraviado en la inmensidad. Intente gritarle, pero se volteó a verme, su rostro era hermoso. Sin decir nada, me indico que la siguiera, y, embelesado por su belleza, así lo hice. Caminamos a través de la sección más vieja del cementerio y llegamos a una capilla antigua, alcance a ver en la fachada que databa de 1859.
Ella abrió la puerta y se metió, lo dude por un momento, pero termine siguiéndola. En el interior, ella se posó sobre la lápida, al acercarme, su dulce aroma me hizo ceder, y no resistí el besarle. Hicimos el amor desenfrenadamente sobre aquella lápida.
Cuando me estaba arreglando la ropa, le pregunte su nombre, y solo escuche a mis espaldas una risa burlona. Al instante volteé sobresaltado, ya no estaba la hermosa chica, era algo con una forma humana, pero a la vez, irradiaba una energía muy pesada.
Le pregunte quien era, no respondió. De pronto en el polvo de la lápida se dibujó; “No tienes la templanza para resistir, por lo tanto me perteneces…” exclamó.  Lo único que pude hacer, fue salir corriendo, atorándome entre las ramas del pasillo, y escuchando a mis espaldas esa risa burlona.
Llegue al auto, subí y me encerré. Mi respiración era agitada, así que trate de calmarme. Cuando comencé a respirar más relajadamente, una voz susurró a mi oído; “No  puedes esconderte”.
No supe que sucedió. A la mañana siguiente, el guardia de la funeraria me despertó golpeando el vidrio de la ventanilla. Bastante nervioso, le platiqué los acontecimientos de la noche anterior, y muy tranquilo me explico que no era la primera vez que ocurría, y que ese demonio me estaría esperando hasta el final de mis días. En mi cara se reflejó la desesperación. El guardia lo notó y me dijo; “No te preocupes, a mí también me espera, desde ese encuentro, nuestros días están contados…”


Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”

sábado, 25 de junio de 2016

El ejecutivo en la mira

Ahí estaba el, con un dedo en el gatillo de un poderoso Barrett m95, y un ojo en la mira telescópica. Contenía la respiración, a la espera del momento oportuno de accionar el gatillo. La emoción lo embargaba, ya que sería un héroe, un libertador del pueblo.
Tomaría la vida del dictador, no era cualquier tarea.
Desde la mira telescópica podía observar a esa insulsa mujer que había sido actriz de la televisora local, aquella que durante años había sedado y atontado al pueblo, durmiendo sus mentes con partidos de futbol y con telegramas vacíos, los cuales iban poco a poco pudriendo la mentalidad de esa sociedad. A su lado, estaba su objetivo, el ejecutivo en turno, jefe de estado, responsable de muchas muertes, pero sobre todo responsable del malestar del pueblo. Había devaluado el poder adquisitivo del pueblo, también había vendido la riqueza natural del país, dejando a las futuras generaciones en completo estado de indefensión.
Estando en ese momento tan importante, él estaba convencido de que el ejecutivo merecía morir. No era más que la marioneta de un tirano y un dictador, el sistema tan corrompido de esa sociedad lo dejo llegar al poder gracias a influencias, sobornos y la ignorancia del pueblo. Nada había hecho a beneficio de su patria, pero mal más grave que les había hecho, fue regalar pantallas a diestra y siniestra para atontar más a la gente con la televisión en señal HD. Esa fue su sentencia de muerte.  Todo lo había hecho a beneficio de un anterior ejecutivo que sufría alopecia severa y tenía las orejas muy grandes. Ese era el verdadero dictador, sin embargo, el ejecutivo marioneta merecía morir, ya que él había ejecutado materialmente todas las desgracias de ese país.
En el momento oportuno, accionó el gatillo y por la mirilla telescópica solo pudo ver la sangre salpicando el templete y a la insulsa actriz que tenía por esposa el ejecutivo.
No paso mucho tiempo para que la máquina represora del estado diera con nuestro héroe, sin embargo, pese a ser torturado y privado de su libertad, siempre declaró; “Me convertí en un héroe, al liberar a este país de esa plaga, y jamás me arrepentiré de ello”.


Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”


miércoles, 22 de junio de 2016

El hábito traidor

Desde su noviciado, se había encontrado en comunidades femeninas, siempre vivió alejada de la frivolidad, bajas pasiones y ambición del mundo exterior.
Su despertar sexual, lo vivió con las hermanas mayores de su congregación, entre actos lésbicos y depravados que fueron ejecutados en su cuerpo. Por esta razón, nunca descubrió su atracción por el sexo opuesto.
Nunca conoció el poder, siempre estuvo al servicio de la hermana superiora, subordinada, a sus órdenes, placeres y caprichos más banales.
El día que tomó los hábitos, fue asignado como directora de una escuela para varones de la congregación.  Tenía el conocimiento teórico, mas no el práctico, dominaba técnicas de pedagogía para controlar un grupo, más no tenía técnicas para controlar sus pasiones.
El primer golpe de fuego que sintió en la bragadura fue cuando enviaron a su oficina a uno de aquellos adolecentes rebeldes.
No pudo escucharlo, admiraba con lujuria su cuerpo. Para contenerse solo pudo cruzar la pierna y lo hizo salir de su oficina. No comprendía que era aquello que sentía, esa sensación deliciosa que quemaba abajo el hábito.
En este incidente, aparte de aquella sensación, descubrió que tenía el poder sobre aquellos adolescentes. Su mente acalorada por la lujuria, tramó la manera de quedar a solas con alguno de ellos.
A la mañana siguiente, ejecuto su plan, y rápidamente olvido su voto de castidad al sentir las manos de aquel adolecente que torpemente recorrían su cuerpo, cayó en el fondo del placer, cuando culmino el acto sexual. Después de este encuentro, no lo pudo dejar y lo convirtió en una costumbre.
Tuvo con mucha vergüenza que decir a su confesor, sus nuevas costumbres, describir aquel fuego que se escondía bajo ese hábito traidor. La vergüenza pasó, cuando descubrió que el confesor sentía las mismas pasiones. Desato su fuego con el confesor, probo la diferencia entre un hombre y un adolecente.
Después de esto, rumores acerca la madre directora comenzaron a expandirse. Esto comenzó a atormentarla, se había dado cuenta de que era esclava del fuego que sentía bajo el hábito. Recordaba que había roto su voto de castidad, y que sin la orden no sería nada, el pánico la invadía con solo pensar en que se convertiría en paria.
Con el transcurso de los días, el stress y nerviosismo fueron aumentando, hasta el dia que no lo soportó más. Lo último que se supo de ella fue que la hermana portera la encontró colgada de su rosario en su celda.


Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana” 

lunes, 20 de junio de 2016

Las medias negras

Hermosa lucia esa mañana al salir de la ducha, al contemplarla, no pude evitar la sensación de excitación. Mi corazón bombeaba velozmente un torrente sanguíneo hacia mi entre pierna.
Por la hora, únicamente pude besarla, y elogiar su belleza.
En todo el día no pude pensar otra cosa, mi cabeza daba vueltas en la imagen de ella, hermosa y bella cubriendo esas perfectas piernas con unas medias negras. Me estremecía el recordar el sonido de sus piernas rosando mientras caminaba. Recordaba su hermoso rostro aun sin maquillaje, cuan perfecto era; sus labios carmesí, sus dientes perfectamente alineados y blancos, sus mejillas rojas por naturaleza, y sus ojos, esos bellos ojos color miel, los cuales me enamoraron, pero que pese al paso de los años, aun encendían mis más bajas pasiones.
Un escalofrío recorría mi cuerpo al recordar el suave aroma a vainilla que emanaba de su ser, al igual que el aroma a frutas que emanaba de su cabello.
Contaba los minutos para poder estar a su lado. Cuando al fin salí de la oficina, fui a toda velocidad a casa, la espere en la sala. En cuanto llego, no pronuncio ninguna palabra. Se sentó a mi lado, discretamente puse mi mano en su rodilla. Mi lujuria se disparó en ese momento. Comenzamos a besarnos frenéticamente. La cargue y la lleve a nuestro aposento.
En el remolino de pasión, estaba sobre ella, como pude baje mis pantalones, y sin dejar de besar esas bellas piernas, le quite las bragas. Sudoroso y excitado, le hice el amor salvajemente. Ella me afianzaba con sus piernas entrelazadas en las mías, era más que un placer, poder ver su rostro frente al mío, contemplar los gestos de gozo que se dibujaban en su rostro. Magnifico escuchar los pequeños gemidos que de cuando en cuando escapaban de sus labios. Todo un placer fue el sabor de sus labios, la sensación que se generaba en el contacto de mi lengua contra su piel.
Me regocijaba al poder acariciar su piel, besar sus senos, una excitación fantástica me recorría al sentir sus piernas cubiertas con esas medias negras entrelazadas con las mías, que a momentos me apretaban frenéticamente.
En este cóctel de pasión, ella provoco el orgasmo en mi ser, cuando ella apretó fuertemente mis nalgas, y libero el espasmo de su ser sobre mi miembro, eso disparó esa inyección de endorfina en mi cerebro, y ese espasmo en mi entrepierna.
Espero poder tener el honor de poseer a esa mujer nuevamente, y agradecido con el universo quedo, por ese encuentro con ella.


Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”

viernes, 17 de junio de 2016

La zona de confort


Desde pequeño, su vida fue mediocre, nunca sobresalió en algo. Sus padres le enseñaron a quejarse de todo, le inculcaron que el entretenimiento era ver la tv. Creció viendo dibujos animados insulsos, telenovelas y futbol.  Poco a poco su cerebro se pudrió. No terminó la escuela, consiguió un empleo mediocre, en donde le pagaban acorde a su personalidad, es decir, le pagaban mediocremente.
Su pensamiento era; “hacen como que me pagan, hago como que trabajo”. Estuvo estancado varios años en el mismo puesto. Amargamente se quejaba de su sueldo, sin embargo no quería más responsabilidad, se quejaba de su economía, sin embargo, los fines de semana se la pasaba bebiendo y viendo el futbol, en los días laborales, anhelaba la hora de la salida y los fines de semana. Haraganeaba y perdía el tiempo en lugar de maximizarlo.
Siempre quiso cambiar de trabajo, pero nunca tuvo el coraje de salir de su zona de confort, todos los días hacia lo mismo, sin variar la rutina. Era reacio a los cambios.
Al igual que de su trabajo, se la pasaba quejándose de la situación del país. Era una ironía completa, ya que él era el primero que debía predial, agua, impuestos, etc. En elecciones, prefería no votar. Criticaba a todos los candidatos sin informarse de sus propuestas.
Al paso de los años, estaba en el mismo lugar, en la misma zona de confort. Comenzó a ver con envidia a sus conocidos que habían progresado, algunos tenían una casa, algunos tenían auto, algunos tenían hermosas familias y otros cuantos habían logrado el desarrollo personal y profesional de sus hijos. Todo esto él lo añoraba, mas no se daba cuenta que todo esto, sus conocidos lo habían conseguido con mucho esfuerzo, trabajo, sudor y lágrimas.
Debido a esto, comenzó a sentirse incomprendido y se autonombro una víctima de la sociedad. Víctima fue de la zona de confort. Todos los días inventaba chismes, dificultaba el trabajo de sus compañeros, los maldecía a todos. Sin embargo esto no lo llenó. Lo único que consiguió fue perder lo único que le quedaba; su mediocre empleo.
Cayó en una depresión profunda, no salía de la habitación que ocupaba en la casa de su madre. Un día el sentimiento de frustración fue tan grande, que decidió abrir sus venas. No tuvo el coraje, así que decidió ir a una estación de subterráneo cercana a su morada. Cuando el tren se iba acercando a toda velocidad, sin pensarlo, se tiró a la vía. Fue lo único provechoso que hizo en toda su vida; ser alimento para los roedores del subterráneo.
Lectores míos, si esto hicieran todos aquellos que son víctimas de la zona de confort, los subterráneos estarían tapados con sus cadáveres. No se queden con las ganas de intentar algo diferente, háganlo. 

Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”

miércoles, 15 de junio de 2016

El homicida del trapeador

La mayor parte de su vida fue invisible para el resto de sus compañeros de trabajo, solo le conocían como “el señor de la limpieza”. Poco a poco había acumulado rencor hacia sus compañeros, ya que, toda la vida lo habían menospreciado por no ir a la oficina como la mayoría de los Godinez del lugar, en su lugar, el vestía un mono de trabajo, la mayoría bebía café del mundo globalizado, mientras el bebía café soluble.
Su sueldo era muy inferior al del resto de los Godinez que trabajaban ahí, sus actividades eran diferentes. Todas estas y otras diferencias, poco a poco oscurecieron su conciencia, como suele pasar en todos lados en donde existen diferencias sociales. Él no podía desahogarlas. Solo seguía tirando con su trapeador en mano.
Cierto día, al llegar a limpiar la oficina, como de costumbre temprano, estaba su jefa, esperándolo para reprenderlo por un piso el cual aparentemente no estaba trapeado. Él se limitó a saludar, a lo cual como respuesta obtuvo el regaño de su vida. Esa fue la fractura que despostillo su conciencia, no lo pudo soportar y le soltó una bofetada, la mujer se quedó inmóvil. Iracundo, tomo el trapeador, y la estranguló.
Cuando reacciono, aun no llegaba nadie más a la oficina, subió el cuerpo a la azotea y lo incendió. Los restos de ceniza, se los llevo el viento. El aun no podía comprender lo que había sucedido, el pánico se apoderaba de él. Toda esa noche, no pudo conciliar el sueño, pensaba en que sucedería si lo atrapaban y quedara a la sombra de la prisión.
Medito toda la noche, y decidió deshacerse de toda la oficina. Se consolaba mentalmente pensando que todos merecían morir por ser hijos del capitalismo y por las diferencias sociales.
Consiguió un tanque de gas LP y en la mañana que llego, lo dejo abierto en la oficina. Cuando habían llegado todos, atasco las puertas con el trapeador y prendió fuego a la misma.
Todos murieron, a causa de día tras día, alimentar inconscientemente  una inconformidad social. Tras de ellos solo quedo intacta la puerta y el trapeador que la atascaba.

Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”

lunes, 13 de junio de 2016

El aparato que asesinó nuestras mentes.

Grande era su emoción al tener ese aparato entre sus manos, era tanto su gozo, que no pensaba en todas las letras que tendría que pagar ni en las privaciones y carencias que sufriría por pagar dicho aparato.
Era lo último, un teléfono inteligente de manzana, todos lo deseaban, era símbolo de estatus y de poder, de estar por encima de los demás. Le permitiría estar comunicado todo el tiempo, y callaría el “qué dirán” teniendo dicho aparato.
El primer mes, todo fue sensacional, subía fotografías a sus redes sociales, estaba enterado de todos los pormenores de sus conocidos en las redes sociales, hablaba innecesariamente con sus contactos de las aplicaciones de mensajes.
Poco a poco, ese aparato fue gobernando su vida. Su prioridad era pagar la letra del aparato, y, si se acababan sus datos, invertir más en ello. Su mente se retorció, al grado que comenzó a ser más prioritario atender a personas a kilómetros de distancia, que a propia familia. Perdió la privacidad y empezó a olvidar los pequeños placeres de la vida tales como ver a la gente caminar, disfrutar alguna comida deliciosa o simplemente una golosina. Lo más grave fue que comenzó a perder la capacidad de interactuar físicamente con los demás. Ya no hablaba con nadie, o no tenía la capacidad de prestar atención a una pequeña conversación. Su teléfono le exigía respondiera las notificaciones.
Las cosas llegaron a su punto de crisis, cuando a los 6 meses salió un teléfono nuevo. Él aria hasta lo imposible por tenerlo. Ya vivía sobre su nivel económico, a duras penas llegaba a fin de mes. Al adquirir el nuevo teléfono, el agua le superó el cuello. La sombra de la miseria, apareció por su hogar, sin embargo, el poseía uno de los aparatos más caros del mercado.  Poco a poco, comenzaron a embargarle, y su familia lo abandonó.
De nada se había dado cuenta, ya que estaba más pendiente de lo que sucedía en el mundo virtual.
Su colapso moral llegó el día que estaba en el baño, con el teléfono, este por accidente resbalo de sus manos y cayó al inodoro.  Dejo de funcionar. Intento por todos los medios, sin lograr que funcionara. Fue ese preciso instante, en el que se dio cuenta que era un fracasado en el mundo real; había perdido su familia, no tenía amigos, había perdido su empleo, no tenía bienes, no era nadie. Desesperado busco consuelo en el mundo exterior, se asomó por la ventana, y no pudo resistir su miserable realidad. Sin pensarlo 2 veces, se lanzó al vacío.
Todo su ser quedo reducido a una masa de carne, huesos y sangre en el asfalto, y a un teléfono lleno de mierda entre el desecho.

Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”

viernes, 10 de junio de 2016

La niña maligna

Toda su primera infancia fue normal, nunca jugo con la guija, sus padres acudían al servicio religioso, no tenía contacto con espiritismo brujería, o cualquier otra fuente de energía negativa a su alrededor.
Sus juguetes eran los de cualquier niña; tenía muñecas, princesas, algunos juegos de té, osos de felpa, rompecabezas, algunos juegos digitales, entre otras cosas.
Pasaba los días como cualquier infante de su edad; iba por las mañanas al cole,  por las tardes comía con sus padres, hacia los deberes, merendaba, tomaba un baño, y se iba a la cama. Los fines de semana, quizá la llevaban a algún paseo, o al parque. Todo en su vida era normal.
No había ninguna señal de maldad en su vida, sin embargo, la pesadilla comenzó cuando a sus padres le dio por desayunar viendo el noticiero. Como toda la televisión abierta, solo pasaban amarillismo, notas de espectáculos y deportes sin relevancia, pero sobre todo violencia, mucha violencia.
Con el trascurso de unos meses, en su alma antes pura, germino la semilla del mal. Su madre se dio cuenta, el día que la descubrió simulando un ahorcamiento de uno de sus juguetes, igual que la nota del noticiero matutino. En esa ocasión, la reprendieron seriamente, sin embargo el daño que le había ocasionado la televisión, era irreversible.
Cierto día, al volver de la escuela, descubrió en la acera a un cachorro, el cual tenía una patita lastimada. La maldad que tenía en su ser, le impidió ayudarlo, lejos de ello, cogió las tijeras de su mochila, y torturo al animal. Sus padres lo supieron, cuando vieron a una multitud de gente frente a su casa, todos arremolinados en torno a la niña. La cual, con las manos llenas de sangre y una mirada satisfactoria, picaba lo que quedaba de la mole que antes había sido el cachorro.
Desde ese día, su sed de sangre iba en aumento; mataba animales callejeros, lesionaba a los chicos del cole, agredía a quien se le pusiera enfrente.
Agobiados, sus padres acudieron a los mejores especialistas de la ciudad, los cuales solo se concretaban a decir, que nada podían hacer.
Los padres terminaron su agobio, el día que la niña descubrió en la cochera una sierra eléctrica, esa noche, sigilosamente fue al cuarto de sus padres, con la sierra en la mano, lo primero que hizo, fue cortar una pierna a su padre, el agudo grito de dolor y el sonido de la sierra, despertaron a la madre. Aterrada, entro en shock, nada pudo hacer, mientras su hija cortaba su cabeza. El padre murió desangrado, ante la macabra imagen de su hija con la cabeza de su esposa en la mano.
A la mañana siguiente, la policía descubrió los cuerpos de los padres, y no encontró a la niña. Todos sospecharon que se trataba de un secuestro, el cual hasta la fecha, sigue sin resolverse. Sin embargo, nosotros sabemos que ella sigue ahí, saciando su sed de sangre. Nadie está a salvo de la niña maligna.

Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”

jueves, 9 de junio de 2016

El motor del mundo

Cierto día estaban en plena tertulia el amor, el odio, la ira, la avaricia, la pereza y la lujuria.  Conversaban temas vánales, nada relevante, y todo marchaba bien, hasta que el amor exclamo; “Yo soy el motor del mundo, soy la fuerza que mueve a los humanos, lo que genera guerras, alianzas, soy esa razón para que ellos vayan a cualquier lugar y hagan lo que sea”.
Todos lo miraron en silencio, se miraron unos a otros y comenzaron a reír. “Iluso eres querido, los seres humanos tienen dentro de ellos la maldad, así como las semillas de árboles con plaga tienen las larvas, nacen con ellas dentro, y se desarrollan, cuando ellos son hombre, la larva ha corroído su corazón. No puedes ser tú el motor que mueve el mundo” exclamo con tono furioso la ira.
“Es correcto” dijo la avaricia, “todos los hombres son capaces de hacer cualquier cosa por poder y riqueza, el sueño de todos ellos es ser más que los demás por estos medios, ambicionan riqueza y ambicionan poder. Viven para trabajar, no trabajan para vivir. Matan, mienten, hunden y hacen cualquier cosa por estar sobre sus semejantes.”  Un ronquido al fondo del salón, corto la plática; era la pereza, plácidamente dormida, que no se había tomado la molestia de siquiera entrar en la plática, se soñaba así misma, viendo un partido de futbol sin preocuparse de todos los problemas que había alrededor.
El odio, evidentemente furioso estaba a punto de despertarle, cuando la lujuria exclamo; “Dejadle, todos sabemos que el amor tiene razón a medias”. Todos la miraron extrañados. Con una mezcla de satisfacción. “Es cierto, no me mires con esos ojos” replico la lujuria, “Todos los humanos aman, porque sienten deseo sexual, el motor que mueve sus vidas lo llevan bajo la cintura”. Tú crees que eres tú, pero no, te equivocas hermano mío. Es su instinto primitivo de aparearse, el cual se convierte en adicción, lo que los hace hacer cualquier cosa.” La ira y la avaricia estaban a punto de replicar, sin embargo, la pereza se volvió hacia ellos, y sutilmente les dijo; “el hombre ambiciona para que lo amen, siente ira  por no ser amado, pero lo más importante, siente lujuria, y cree que es amor”.
Ninguno dijo nada, solo oportunamente la pereza despertó para decir; “la lujuria es el motor del mundo”.

Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”


viernes, 3 de junio de 2016

El holograma del jefe de gobierno

Toda la población estaba harta de atropellos, siempre era lo mismo; un gobierno corrupto que se inventaba contribuciones, crisis de salud y de estabilidad social, para recaudar más metales de los bolsillos del pueblo.
La historia de toda la vida era que los que más tenían exentaban las contribuciones, y lo que menos tenían, siempre terminaban pagando más. La riqueza era desigual en la sociedad, la ciudad estaba sobre poblada, siempre faltaba el agua, el drenaje era tan malo que en témpora de lluvia se inundaban las calles. El transporte público era pésimo, era una infraestructura anticuada, que ya no abastecía las necesidades del pueblo, una pésima logística, muy mala organización y aumentos arbitrarios en los costos al pueblo.
La gota que derramó el vaso fue una medida la cual “en defensa del medio ambiente”, restringía la circulación de los autos que el pueblo con tanto esfuerzo había adquirido, o bien, mes con mes seguían pagando. Todo era mentira, el jefe de gobierno a 2 años de retirase, quería allegarse de un buen fondo para seguir viviendo como un jeque árabe. No eran suficientes los 43 millones de pesos que ya había robado, quería más.
El día que se publicó dicha medida, toda la población afectada se congrego en el palacio de gobierno, exigiendo a dicho jefe de gobierno dar la cara. Después de muchas horas, el sujeto apareció, fuertemente custodiado. Al ser cuestionado, en respuesta se quiso burlar del pueblo, diciéndoles que era para frenar la contaminación, que será una medida temporal, y todo el tipo discurso de político corrupto.
El pueblo no lo toleró, toda la gente se abalanzó sobre el mandatario y su comitiva, hubo bajas, si, en defensa del pueblo. Los cerdos contratados por el estado para proteger al fascista privaron de la vida a varios ciudadanos, honestos y trabajadores que únicamente protestaban por su derecho violentado.
Lograron secuestrar entre todo el caos al jefe de gobierno. La fuerza de choque lo busco inútilmente todo el día y toda la noche. No era raro que no lo encontraran, ya que el grupo de choque únicamente servía para quitarle el dinero al pueblo.
Un grupo de patriotas, se lo había llevado, después de que el pueblo descargo su ira en su persona, como lo hizo el pueblo italiano con el fascista Mussolini, lo que quedo de restos mortales fue molido y procesado  como pulpa de papel. El pueblo recicló esa basura en un tiraje de  hologramas vehiculares
A la mañana siguiente, todos los vehículos de la ciudad tenían ese holograma, era el holograma del jefe de gobierno, que representaba la más pura expresión del pueblo; ¡No más abuso de poder, el pueblo para el pueblo!


Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”

jueves, 2 de junio de 2016

Un jefe del infierno

Todos los días era lo mismo, día a día la rutina no cambiaba; llegar al trabajo, saludar a los compañeros y escuchar a su jefe.
Su jefe era un demonio, un mismísimo enviado del averno para hacer miserable la vida de todos los Godínez del lugar. Nunca estaba actualizado en las actividades, solo pedía reportes a sus subordinados cuando lo solicitaban sus superiores y solo los trasmitía, nunca movía un dedo a menos que se aburriera de navegar a la deriva en internet. Siempre tenía la razón.  Cuando sucedía alguna desgracia, solucionaba todo gritando exhibiendo y humillando a todos, quería  soluciones, pero nunca supo darlas. Ostentaba ese puesto por recomendación de algún pariente.
Este día todo fue diferente, estaba a punto de divorciarse, su madre había muerto en días anteriores, no había pagado la tarjeta y debía diversos servicios. Todos estos demonios peleaban en su interior, robándole la tranquilidad y el sueño. No había terminado de saludar a sus compañeros, cuando escucho la molesta voz de su jefe, pidiéndole reportes de fin de mes. Sin alterarse los llevo a la oficina de su jefe. Como de costumbre, su jefe no veía a la gente cuando le hablaba, era más importante contestar un mensaje de su móvil. Esta acción comenzó a irritarlo. Cuando por fin el jefe vio los reportes, estallo en un acto colérico, arrojándolos al escritorio y diciendo que eran una porquería, que quería una solución inmediata. Fue en este momento que Amón toco su alma, la ira en un instante se apodero de su ser. Baño a su jefe de insultos, sujetándolo de la camisa. Lo único que encontró a mano, fue una engrapadora, con una tira de grapas al lado, cogió la tira de grapas y recorrió el cuello del tirano. Por un instante, sintió la anhelada libertad. Todos sus problemas profanos desaparecieron. La sensación de paz y tranquilidad inundo su alma mientras el tirano se desangraba en el piso, bañando de sangre su inútil aparato que le reclamaba leyera un mensaje. La imagen de su cuerpo rodeado de la inmunda sangre que escapaba de su cuello era reconfortante. Ni siquiera la tortura y muerte sufridas en la oficina de justicia para poderosos, pudieron arrebatarle esa sensación.
Desde ese día, se desprendió de la vida ajetreada, con una paz y tranquilidad mira de lejos ese demonio llamado estrés, que nos acosa día a día, y se ríe de el en el eterno oriente.
Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”