lunes, 31 de octubre de 2016

La casa de los demonios

Siempre me había preguntado que habría en esa casa que se encontraba frente a la mía. Desde pequeño, la recuerdo abandonada, solo he sabido al  respecto rumores y habladurías de los vecinos. Unos comentan que la habitaba una señora que vendió su alma al diablo por dinero, otros comentan que eran unos satanistas que ofrecían niños, en fin, una bola de rumores increíbles, unos más que otros.
Mis padres decían que a las 3 de la maña se escuchaban ruidos, risas y voces demoniacas que provenían de aquella casa. Yo nunca logre escuchar nada, hasta aquella noche.
Esa fatídica noche llegue muy ebrio, había extraviado mis llaves en el bar y mi familia se encontraba de vacaciones. No quise dar ninguna molestia a ningún vecino. Mi única opción era guarecerme hasta el día siguiente en la casa de enfrente.
Entre por una puerta enchuecada de un costado, todo se encontraba en penumbras. Poco a poco, mis ojos se acostumbraron a la obscuridad. Al principio solo vi algunas ratas y sentí el aroma a humedad propio de una casa abandonada. Hacia frio, y mi ebriedad comenzaba a tornarse en somnolencia, así que decidí acomodarme en un rincón de lo que en otro tiempo fue una sala comedor. No sé cuánto tiempo me quede dormido, hasta que el sonido lejano de unas risas y un frio que calaba hasta los huesos me despertó. No lograba ver nada, hasta que súbitamente se encendió un fuego en medio de la sala, alrededor había 3 siluetas. Por un momento, pensé que seguía en estado de ebriedad, lo hubiera preferido a lo que sucedió.
Una manaza velluda y con garras atravesó el fuego, y me tomo por el cuello. Me quede sin palabras. Solo escuche risas y una voz que decía “esta es la entrada al infierno, ¿Qué haces aquí? Insignificante mortal”.
No me atreví a responder. De súbito, la manaza me soltó en medio del fuego, fue cuando tuve cara a cara al mismísimo miedo. Era lucifer, me miraba fijamente. Solo exclamo; “siempre has sido escéptico, sin embargo, aquí te estaré esperando, cuando mueras, te llevare al infierno personalmente, las vidas que has tomado, no son gratis…”. Sus ojos se fijaron en los míos, y poco a poco comencé a ver a todas las personas que había hundido financieramente en mi loco afán de ganar dinero, las cuales a causa de sus problemas se habían suicidado, todas ellas estaban ahí, en el centro del fuego, queriendo arrastrarme.
Como pude me solté, y salí corriendo, sin embargo, tras de mí, solo escuche; “vende por ti cuando mueras, es una promesa”.
Desde ese entonces, no he vuelto a casa, y no hay día que al cerrar los ojos, no vea el rostro de Lucifer, aguardando pacientemente por mí…



Jorge F. Guillen
“Pluma mexicana”