El dos de Noviembre es el día de los muertos para todos en México, menos para mí. Un dos de noviembre fue cuando perdí mi alma, mi historia fue así; Esa tarde, había ido a visitar a mi padre al panteón, la crisis que estaba azotando a nuestro México, me tenía hundido en la miseria, así que solo pude ir a comer unos frijoles y un litro de pulque en el cementerio. En el campo santo se percibía un ambiente festivo, se escuchaba música y había muchas familias comiendo en los alrededores de las tumbas, en las que descansaban los familiares que se habían adelantado. Yo estaba solo, en compañía de mi padre. Mientras comía los frijoles, platicaba con él, le platicaba lo difícil que era la vida en el país de hoy en día, que el México progresista en el que el vivió, ya no existía. Al calor del monologo sostenido con la lápida, fui agotando el litro de pulque, el cual poco a poco comenzó a subir a mi cabeza. Empecé a sentir sueño y poco a poco me fui quedando dormido. Cuando desperté, ya era de noche, la luz de la luna alumbraba el campo santo y ya no había nadie en los alrededores. Solo se escuchaba el ruido de los grillos y otros insectos que Vivian en el cementerio. Me levante con un ligero dolor en la cabeza, camine hacia la entrada y la reja estaba cerrada. Súbitamente se empezó a sentir frio y se dejaron de escuchar los insectos. Todo quedo en silencio. En el camino central del campo santo, se empezó a distinguir una silueta negra, por la vestimenta de charrería que portaba, por un momento pensé que se trataba de alguno de los músicos que por la tarde amenizaban, sin embargo, conforme se fue acercando, sentí como se me erizaban los pelos y el pánico comenzó a apoderarse de mí. Cuando llego a mi lado, le pregunte quien era, a lo que me respondió “En algunos lados me llaman lucifer, en otros satanás, en estas tierras me conocen como el charro negro”. Al escuchar estas palabras, un sudor frío recorrió mi cuerpo. “No te espantes, vengo a proponerte un trato. Te he visto los últimos meses, sé que no tienes dinero en el bolsillo ni para curarte la cruda con un plato de pancita, me interesa tu corazón, porque pese a tu situación, no te has dejado corromper por la corrupción ni por el abuso de confianza. Por eso quiero comprar tu alma”. Recordé las llamas del fuego eterno, tan mencionadas en las iglesias, sin embargo, infierno era en el que vivía diariamente entre asaltos, estrecheces económicas, trabajo de sol a sol y hambre. ¿Qué podía ser peor? Decidí cambiar mi alma por bienes materiales y desde entonces, estos últimos 10 años no me ha faltado nada. Sin embargo, por las noches escucho ruidos y risas macabras, he consultado religiosos, curanderos y chamanes, sin que nadie pueda salvar mi alma. Cada dos de Noviembre, el Charro Negro se queda toda la noche al pie de mi cama, y en mi cabeza su voz retumba; “El día que mueras, vendré por tu alma que me pertenece”…
Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”
Pluma mexicana
viernes, 19 de enero de 2018
martes, 7 de noviembre de 2017
EL BOXER ASESINO

Llego hace como un año a nuestro hogar, al principio era la novedad. Era un bóxer macho de un año, lo adoptamos con una asociación.
Jamás pensé que tuviera un lado obscuro tras esa inocente cara de bobalicón.
Desde su llegada, rápidamente se adaptó a nosotros; jugaba con los niños, se echaba a los pies de la cama a ver el televisor, nos meneaba la cola cada vez que nos miraba.
Era muy grande para la raza a la que pertenecía, sin embargo, nunca le prestamos atención, ya que era un perro muy noble y juguetón.
Hace tres meses, me mostro su lado negro. Esa noche, le puse la correa con la finalidad que me acompañara a la tienda de la colonia a comprar algo. Caminamos por la calle, estaba obscura, el perro caminaba a mi lado, alerta. De entre las sombras apareció un delincuente, que llevaba en la mano algo que parecía un arma blanca. Intente sacar a toda prisa mis pertenencias con la finalidad de no prolongar el asalto, cuando el perro se abalanzó sobre el asaltante. No le dio tiempo a gritar, solo se alcanzaba a ver como se retorcía, sin poder gritar, ya que las fauces del perro rodeaban su garganta. Cuando se dejó de mover, el perro lo desmembró y trago una a una las partes amputadas, solamente dejo el tronco. Yo no daba crédito a lo ocurrido.
Cuando terminó, me volteo a ver meneando la cola, en busca de mi aprobación. Solo pude acariciar su cabeza y empezar a caminar rumbo a casa.
Como esa ocasión, han pasado cuatro incidentes más, ya que vivimos en una ciudad peligrosa, llena de crisis y desempleo.
Ahora, todas las noches el perro toma la correa con el hocico y me la lleva, con la finalidad que los saque, en busca de su verdadera cena; cualquier delincuente que se cruce en nuestro camino.
Jorge F. Guillen
“Pluma mexicana”
viernes, 22 de septiembre de 2017
¡México despertó!
México despertó gracias a una desgracia
México se dio cuenta de la verdad
Fue conmovido por la inocencia
Y de sus gobernantes descubrió la falta de honestidad
México se dio cuenta de la verdad
Fue conmovido por la inocencia
Y de sus gobernantes descubrió la falta de honestidad
México no es un cacho de tierra
No es un gobierno corrompido
México es esa gente que se aferra
Y en la desgracia no la detiene un corazón herido
No es un gobierno corrompido
México es esa gente que se aferra
Y en la desgracia no la detiene un corazón herido
México abrió los ojos y vio toda la inmundicia
Por primera vez vio los demonios que lo gobiernan
Se dio cuenta que a ellos los gobierna la codicia
Y que las leyes a su conveniencia descuadernan
Por primera vez vio los demonios que lo gobiernan
Se dio cuenta que a ellos los gobierna la codicia
Y que las leyes a su conveniencia descuadernan
¡México son todos!
Héroes anónimos, hombres y mujeres
Esa gente que en la desgracia revolucionados
Convirtiendo en alegría los sinsabores
Héroes anónimos, hombres y mujeres
Esa gente que en la desgracia revolucionados
Convirtiendo en alegría los sinsabores
¡Qué grande eres México!
Te uniste en uno solo, mano a mano
¡Que honra gritar Viva México!
¡Que honor ser mexicano!
Te uniste en uno solo, mano a mano
¡Que honra gritar Viva México!
¡Que honor ser mexicano!
Jorge F. Guillen
“Pluma mexicana”
domingo, 10 de septiembre de 2017
Los campos de Trump

Recuerdo aquellos días en que era libre. Más nítido
es el recuerdo del día en que me dieron mi “green card”, no cabía en mi de
gozo, finalmente podía trabajar y residir legalmente en Estados Unidos de
América. Estaba viviendo el sueño americano.
Todo este martirio comenzó el día en que por orden del Sr. Trump, todos los latinos tuvimos que ir a trabajar en “centros para latinos”. No fue opcional, todos los latinos del barrio en donde vivíamos mi familia y yo, fuimos subidos a camiones del ejército entre llantos y gritos, a punta de metralleta. Íbamos hacinados como animales. Alguna familia que se quiso resistir, fue barrida con las metralletas, desde el padre, hasta los infantes de brazos.
A lo lejos el “centro para latinos” parecía una granja de cerdos, solo que tenía demasiada seguridad. Estaba rodeado por alambradas con púas que tenían letreros en los que se indicaba que estaban electrificadas. En cada esquina tenía una torre de vigilancia con guardias fuertemente armados.
Al llegar, nos retiraron todo lo que llevábamos y una vez desnudos, nos rociaron con mangueras a presión por un espacio aproximado de tres minutos. No nos devolvieron la ropa, nos dieron un uniforme áspero y grisáceo a cada uno, en talla estándar.
Fuimos clasificados por hombres, mujeres y niños. Todos fuimos enviados a una especie de naves industriales, en las cuales había unas seudoliteras, en las cuales por espacio hacinaban hasta 20 personas.
Al lado de la nave en donde estaba, había otro edificio que emitía un ruido parecido al de una trituradora, a ese edificio fueron llevados todos los niños.
Al día siguiente, la mayoría de los hombres fuimos llevados a la nave contigua, ahí descubrimos la horrenda verdad; era una fábrica de carne procesada, en la cual ocupaban como materia prima a los niños y ancianos latinos.
Todos los que se opusieron a trabajar en esa barbarie, fueron barridos con metralletas. Los demás fuimos asignados a los puestos en las diferentes estaciones de esa monstruosa fábrica. Las carnes congeladas, eran transportadas en camiones de la corporación Trump, según decían después eran vendidos en los mercados latinoamericanos.
Después de las labores, se nos proporcionaba una hamburguesa ligeramente descongelada, y un vaso de agua sucia. Era la comida de todo el día.
Regresamos a la barraca aproximadamente a las 10 de la noche.
Todos los días era la misma rutina, y si descubrían algún muerto o enfermo, en el acto era llevado a la mega trituradora, no importando que aun estuviera vivo, era lanzado a convertirse en hamburguesas congeladas.
Ya tengo dos meses en este campo, he perdido la esperanza de salir en una pieza. Asi mismo, he perdido la esperanza en la humanidad, ya que aunque suene increíble, en pleno siglo XXI, existe un hombre que comete estas barbaridades, apoyado por la ONU y por todos los grandes industriales..
Todo este martirio comenzó el día en que por orden del Sr. Trump, todos los latinos tuvimos que ir a trabajar en “centros para latinos”. No fue opcional, todos los latinos del barrio en donde vivíamos mi familia y yo, fuimos subidos a camiones del ejército entre llantos y gritos, a punta de metralleta. Íbamos hacinados como animales. Alguna familia que se quiso resistir, fue barrida con las metralletas, desde el padre, hasta los infantes de brazos.
A lo lejos el “centro para latinos” parecía una granja de cerdos, solo que tenía demasiada seguridad. Estaba rodeado por alambradas con púas que tenían letreros en los que se indicaba que estaban electrificadas. En cada esquina tenía una torre de vigilancia con guardias fuertemente armados.
Al llegar, nos retiraron todo lo que llevábamos y una vez desnudos, nos rociaron con mangueras a presión por un espacio aproximado de tres minutos. No nos devolvieron la ropa, nos dieron un uniforme áspero y grisáceo a cada uno, en talla estándar.
Fuimos clasificados por hombres, mujeres y niños. Todos fuimos enviados a una especie de naves industriales, en las cuales había unas seudoliteras, en las cuales por espacio hacinaban hasta 20 personas.
Al lado de la nave en donde estaba, había otro edificio que emitía un ruido parecido al de una trituradora, a ese edificio fueron llevados todos los niños.
Al día siguiente, la mayoría de los hombres fuimos llevados a la nave contigua, ahí descubrimos la horrenda verdad; era una fábrica de carne procesada, en la cual ocupaban como materia prima a los niños y ancianos latinos.
Todos los que se opusieron a trabajar en esa barbarie, fueron barridos con metralletas. Los demás fuimos asignados a los puestos en las diferentes estaciones de esa monstruosa fábrica. Las carnes congeladas, eran transportadas en camiones de la corporación Trump, según decían después eran vendidos en los mercados latinoamericanos.
Después de las labores, se nos proporcionaba una hamburguesa ligeramente descongelada, y un vaso de agua sucia. Era la comida de todo el día.
Regresamos a la barraca aproximadamente a las 10 de la noche.
Todos los días era la misma rutina, y si descubrían algún muerto o enfermo, en el acto era llevado a la mega trituradora, no importando que aun estuviera vivo, era lanzado a convertirse en hamburguesas congeladas.
Ya tengo dos meses en este campo, he perdido la esperanza de salir en una pieza. Asi mismo, he perdido la esperanza en la humanidad, ya que aunque suene increíble, en pleno siglo XXI, existe un hombre que comete estas barbaridades, apoyado por la ONU y por todos los grandes industriales..
Jorge F. Guillen
“Pluma mexicana”
jueves, 3 de agosto de 2017
El ladrón en el jardín

Todavía recuerdo esa noche. Estaba cayendo una
tormenta muy fuerte y por lo mismo, se reventó el transformador de la colonia.
En la penumbra, fui por una vela, su tenue luz hacia más aterradora la obscuridad. Solo escuchaba el ruido del agua cayendo en el jardín, era relajante.
Fui a la cocina para preparar un café, en lo que se calentaba, me asome por la ventana hacia el jardín y logre apreciar una sombra que parecía humana. El pánico se apodero de mí, no estaba seguro si se trataba de algo o de alguien, máxime que en esa casa, por aquel entonces solo vivía yo.
En el ruido de la lluvia, alcance a escuchar “Esta bien cerrada esta madre”, eso me convenció que era un ladrón. Fui a llamar a la policía, sin embargo, cuando estaba esperando en línea a que contestaran mi llamado, la sangre fría se apodero de mí.
Regrese a la cocina y tome un cuchillo afilado. Espere a que el ladrón abriera la puerta, oculto entre las sombras del apagón. Para facilitar la tarea del ladrón, le retire el seguro a la chapa sigilosamente. El ladrón empujo la puerta desde afuera con toda su fuerza, la cual se abrió sin ninguna resistencia. Entro sigilosamente, tratando de reconocer el sitio. Comencé a seguirlo, aprovechando la ventaja que conocía la casa como la palma de mi mano. Entro por la cocina, siguió por la sala, subió las escaleras y entro a mi habitación. Empezó a registrar mis cajones, y exclamo “ahora si me saque la lotería”, cuando encontró la caja fuerte oculta en mi closet.
Mientras se escuchaba el forcejeo que tenía tratando de abrir la caja, me acerque lentamente y lo tome por la espalda, tratando de estrangularlo con mi brazo. Solo alcanzo a decir “si no me sueltas, vas a valer madre”, en ese momento le susurre al oído “el que ya valió madre eres tú”, mientras cortaba su cuello. Intento grita, sin embargo le tape la boca con la mano. Solo pude sentir la cálida sangre que brotaba de su cuello. En poco tiempo, dejo de luchar para intentar zafarse.
Arrastre su cuerpo hasta el jardín. Todavía llovía, aprovechando que la tierra del jardín estaba húmeda, hice un agujero bastante grande y profundo, para albergar el cuerpo. Justo había terminado de cubrir el cuerpo, cuando regreso la luz, lo cual aproveche para limpiar toda la sangre que había quedado.
Desde ese entonces, el está ahí, y cada vez que llueve, en el sitio donde lo sepulté, se puede observar su silueta, mirando con melancolía, arrepentimiento y odio…
En la penumbra, fui por una vela, su tenue luz hacia más aterradora la obscuridad. Solo escuchaba el ruido del agua cayendo en el jardín, era relajante.
Fui a la cocina para preparar un café, en lo que se calentaba, me asome por la ventana hacia el jardín y logre apreciar una sombra que parecía humana. El pánico se apodero de mí, no estaba seguro si se trataba de algo o de alguien, máxime que en esa casa, por aquel entonces solo vivía yo.
En el ruido de la lluvia, alcance a escuchar “Esta bien cerrada esta madre”, eso me convenció que era un ladrón. Fui a llamar a la policía, sin embargo, cuando estaba esperando en línea a que contestaran mi llamado, la sangre fría se apodero de mí.
Regrese a la cocina y tome un cuchillo afilado. Espere a que el ladrón abriera la puerta, oculto entre las sombras del apagón. Para facilitar la tarea del ladrón, le retire el seguro a la chapa sigilosamente. El ladrón empujo la puerta desde afuera con toda su fuerza, la cual se abrió sin ninguna resistencia. Entro sigilosamente, tratando de reconocer el sitio. Comencé a seguirlo, aprovechando la ventaja que conocía la casa como la palma de mi mano. Entro por la cocina, siguió por la sala, subió las escaleras y entro a mi habitación. Empezó a registrar mis cajones, y exclamo “ahora si me saque la lotería”, cuando encontró la caja fuerte oculta en mi closet.
Mientras se escuchaba el forcejeo que tenía tratando de abrir la caja, me acerque lentamente y lo tome por la espalda, tratando de estrangularlo con mi brazo. Solo alcanzo a decir “si no me sueltas, vas a valer madre”, en ese momento le susurre al oído “el que ya valió madre eres tú”, mientras cortaba su cuello. Intento grita, sin embargo le tape la boca con la mano. Solo pude sentir la cálida sangre que brotaba de su cuello. En poco tiempo, dejo de luchar para intentar zafarse.
Arrastre su cuerpo hasta el jardín. Todavía llovía, aprovechando que la tierra del jardín estaba húmeda, hice un agujero bastante grande y profundo, para albergar el cuerpo. Justo había terminado de cubrir el cuerpo, cuando regreso la luz, lo cual aproveche para limpiar toda la sangre que había quedado.
Desde ese entonces, el está ahí, y cada vez que llueve, en el sitio donde lo sepulté, se puede observar su silueta, mirando con melancolía, arrepentimiento y odio…
Jorge F. Guillen
“Pluma mexicana”
jueves, 11 de mayo de 2017
Encerrado en el osario
Aquella tarde, me sentía mal, había estado
resfriado toda la semana, pero ese día, estaba fatal. Solía ir los sábados a
visitar a mi padre en ese viejo osario, que pese a haber sido remodelado,
seguía teniendo el aspecto lúgubre de ser el sótano de una vieja iglesia.
Como todos los sábados, me senté en aquella banca de madera al fondo del osario y comencé a platicar con mi padre. Eran aproximadamente las 4 de la tarde, el lugar era silencioso y en el malestar de la enfermedad, me quede profundamente dormido.
Por azares del destino, súbitamente desperté, ya estaba muy obscuro, me levante y camine a la entrada de aquel mausoleo. Todo estaba en silencio, únicamente se oían mis pisadas en el suelo de mármol y se veía el reflejo de luz de mi celular sobre las tapas de los nichos.
Al llegar a la entrada, la puerta estaba cerrada, intente abrirla sin éxito. Pude ver a través del cristal de la puerta que tenía una cadena alrededor de las manijas y un candado. Al exterior solo se veían los arboles del campo santo y el camino principal, en completa calma y a lo lejos mi auto, aparcado en una de las glorietas.
Volteé a mí alrededor, únicamente se veía en el fondo del pasillo un vitral con una escena dantesca del infierno, nunca me había detenido a verlo. Volteé una vez más a la puerta cuando se escuchó a mis espaldas una risa demoníaca. Comenzaba a sentirme nervioso, pero trate de calmarme pensando en que me había sugestionado por el vitral.
Nuevamente empuje la puerta, sin éxito, al segundo intento, escuche la risa más fuerte a mis espaldas. Me faltaba valor para voltear, comencé a patear la puerta logrando hacer un pequeño estrellón en el vidrio.
Me disponía a rematar la puerta para poder salir, cuando escuche la risa nuevamente, con todo mi valor intente voltear, cuando sentí en mi hombro una mano. Helado de miedo, mire despacio sobre mi hombro, y solo pude ver una mano color grisáceo, con garras negras.
Con todas mis fuerzas y con un ataque de desesperación rompí la puerta y corrí hasta mi auto, derribe la puerta del cementerio y no pare hasta llegar a casa.
Al día siguiente, hice todas las gestiones para trasladar los restos de mi padre a otro lugar, y estoy seguro que sucedió ya que tengo en el hombro 5 cicatrices de rasguño que lo prueban…
Como todos los sábados, me senté en aquella banca de madera al fondo del osario y comencé a platicar con mi padre. Eran aproximadamente las 4 de la tarde, el lugar era silencioso y en el malestar de la enfermedad, me quede profundamente dormido.
Por azares del destino, súbitamente desperté, ya estaba muy obscuro, me levante y camine a la entrada de aquel mausoleo. Todo estaba en silencio, únicamente se oían mis pisadas en el suelo de mármol y se veía el reflejo de luz de mi celular sobre las tapas de los nichos.
Al llegar a la entrada, la puerta estaba cerrada, intente abrirla sin éxito. Pude ver a través del cristal de la puerta que tenía una cadena alrededor de las manijas y un candado. Al exterior solo se veían los arboles del campo santo y el camino principal, en completa calma y a lo lejos mi auto, aparcado en una de las glorietas.
Volteé a mí alrededor, únicamente se veía en el fondo del pasillo un vitral con una escena dantesca del infierno, nunca me había detenido a verlo. Volteé una vez más a la puerta cuando se escuchó a mis espaldas una risa demoníaca. Comenzaba a sentirme nervioso, pero trate de calmarme pensando en que me había sugestionado por el vitral.
Nuevamente empuje la puerta, sin éxito, al segundo intento, escuche la risa más fuerte a mis espaldas. Me faltaba valor para voltear, comencé a patear la puerta logrando hacer un pequeño estrellón en el vidrio.
Me disponía a rematar la puerta para poder salir, cuando escuche la risa nuevamente, con todo mi valor intente voltear, cuando sentí en mi hombro una mano. Helado de miedo, mire despacio sobre mi hombro, y solo pude ver una mano color grisáceo, con garras negras.
Con todas mis fuerzas y con un ataque de desesperación rompí la puerta y corrí hasta mi auto, derribe la puerta del cementerio y no pare hasta llegar a casa.
Al día siguiente, hice todas las gestiones para trasladar los restos de mi padre a otro lugar, y estoy seguro que sucedió ya que tengo en el hombro 5 cicatrices de rasguño que lo prueban…
Jorge F. Guillen
“Pluma mexicana”
miércoles, 28 de diciembre de 2016
Mi pacto de fin de año
Son casi las 12, el
año está próximo a acabar. Estoy cansado de trabajar y trabajar, año con año,
sin lograr mis objetivos económicos.
Otra vez estoy rodeado de personas que todo el año se la pasan maldiciendo, quejándose y que en estos momentos, están agradeciendo por este año que está a punto de terminar.
Tanta hipocresía me da asco, el escuchar “con que tengamos salud, lo demás no importa”.
Sin despedirme de nadie, me retiro, voy conduciendo a casa y llega a mi memoria ese librito que compre en el mercado de sonora, lo compre por curiosidad, sin embargo, quiero ver que tan ciertas son esas patrañas.
Otra vez estoy rodeado de personas que todo el año se la pasan maldiciendo, quejándose y que en estos momentos, están agradeciendo por este año que está a punto de terminar.
Tanta hipocresía me da asco, el escuchar “con que tengamos salud, lo demás no importa”.
Sin despedirme de nadie, me retiro, voy conduciendo a casa y llega a mi memoria ese librito que compre en el mercado de sonora, lo compre por curiosidad, sin embargo, quiero ver que tan ciertas son esas patrañas.
Al llegar a casa,
faltan 5 minutos para las 12, empiezo a leer aquel conjuro para llamar a
lucifer y ofrecer mi alma. No quiero la vida eterna, si tengo que vivir puras
privaciones en la vida terrenal.
Coloco mi pentagrama en el piso, con sus velas negras en cada punta. Falta un minuto para las 12. Comienzo a recitar aquel conjuro “Lucifer, yo te amo, príncipe de la obscuridad, ven a mí, oh príncipe de las tinieblas, siempre te serviré”, mientras recito estas palabras, abro una herida en mi muñeca.
¿Qué está pasando?, un humo negro, comienza a brotar del lugar del pentagrama donde ha caído mi sangre. Volteo a ver el reloj, se ha detenido.
Escucho una risa, y distingo una silueta, se empieza a desvanecer el humo, en el centro del pentagrama hay una mujer hermosa.
Coloco mi pentagrama en el piso, con sus velas negras en cada punta. Falta un minuto para las 12. Comienzo a recitar aquel conjuro “Lucifer, yo te amo, príncipe de la obscuridad, ven a mí, oh príncipe de las tinieblas, siempre te serviré”, mientras recito estas palabras, abro una herida en mi muñeca.
¿Qué está pasando?, un humo negro, comienza a brotar del lugar del pentagrama donde ha caído mi sangre. Volteo a ver el reloj, se ha detenido.
Escucho una risa, y distingo una silueta, se empieza a desvanecer el humo, en el centro del pentagrama hay una mujer hermosa.
¿De verdad quieres
venderme tu alma, a cambio de riqueza? Me pregunta. Sin vacilarlo, afirmo la
pregunta. Un resplandor comienza a emanar de mí, y se extiende como un camino luminoso
a sus garras. Poco a poco este resplandor se hace más tenue. Ella tiene mi alma
en sus manos.
No me siento diferente, ella me mira y se ríe. “siempre serás mío, y cuando mueras, no tendrás que preocuparte, ya que tu alma estará siempre conmigo”.
De súbito se llena de humo la habitación, ya no tengo la herida en mi muñeca y el pentagrama ya no está, volteo a ver el reloj y ya está funcionando.
Suena el teléfono, es una extraña llamada, diciendo que toda mi familia ha muerto al colapsar el edificio en donde estaban celebrando el fin de año y a mi mente llega el pensamiento que soy el único heredero.
No tendré que preocuparme por el dinero más, pero ¿está pasando todo esto? ¿de verdad hice un pacto de fin de año?
En estos pensamientos, dan las 12, a lo hecho pecho, así que solo me preocupare por no morir…
No me siento diferente, ella me mira y se ríe. “siempre serás mío, y cuando mueras, no tendrás que preocuparte, ya que tu alma estará siempre conmigo”.
De súbito se llena de humo la habitación, ya no tengo la herida en mi muñeca y el pentagrama ya no está, volteo a ver el reloj y ya está funcionando.
Suena el teléfono, es una extraña llamada, diciendo que toda mi familia ha muerto al colapsar el edificio en donde estaban celebrando el fin de año y a mi mente llega el pensamiento que soy el único heredero.
No tendré que preocuparme por el dinero más, pero ¿está pasando todo esto? ¿de verdad hice un pacto de fin de año?
En estos pensamientos, dan las 12, a lo hecho pecho, así que solo me preocupare por no morir…
Jorge F. Guillen
“Pluma mexicana”
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