domingo, 10 de septiembre de 2017

Los campos de Trump


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Recuerdo aquellos días en que era libre. Más nítido es el recuerdo del día en que me dieron mi “green card”, no cabía en mi de gozo, finalmente podía trabajar y residir legalmente en Estados Unidos de América. Estaba viviendo el sueño americano.
Todo este martirio comenzó el día en que por orden del Sr. Trump, todos los latinos tuvimos que ir a trabajar en “centros para latinos”. No fue opcional, todos los latinos del barrio en donde vivíamos mi familia y yo, fuimos subidos a camiones del ejército entre llantos y gritos, a punta de metralleta. Íbamos hacinados como animales. Alguna familia que se quiso resistir, fue barrida con las metralletas, desde el padre, hasta los infantes de brazos.
A lo lejos el “centro para latinos” parecía una granja de cerdos, solo que tenía demasiada seguridad. Estaba rodeado por alambradas con púas que tenían letreros en los que se indicaba que estaban electrificadas. En cada esquina tenía una torre de vigilancia con guardias fuertemente armados.
Al llegar, nos retiraron todo lo que llevábamos y una vez desnudos, nos rociaron con mangueras a presión por un espacio aproximado de tres minutos. No nos devolvieron la ropa, nos dieron un uniforme áspero y grisáceo a cada uno, en talla estándar.
Fuimos clasificados  por hombres, mujeres y niños. Todos fuimos enviados a una especie de naves industriales, en las cuales había unas seudoliteras, en las cuales por espacio hacinaban hasta 20 personas.
Al lado de la nave en donde estaba, había otro edificio que emitía un ruido parecido al de una trituradora, a ese edificio fueron llevados todos los niños.
Al día siguiente, la mayoría de los hombres fuimos llevados a la nave contigua, ahí descubrimos la horrenda verdad; era una fábrica de carne procesada, en la cual ocupaban como materia prima a los niños y ancianos latinos.
Todos los que se opusieron a trabajar en esa barbarie, fueron barridos con metralletas. Los demás fuimos asignados a los puestos en las diferentes estaciones de esa monstruosa fábrica. Las carnes congeladas, eran transportadas en camiones de la corporación Trump, según decían después eran vendidos en los mercados latinoamericanos.
Después de las labores, se nos proporcionaba una hamburguesa ligeramente descongelada, y un vaso de agua sucia. Era la comida de todo el día.
Regresamos a la barraca aproximadamente a las 10 de la noche.
Todos los días era la misma rutina, y si descubrían algún muerto o enfermo, en el acto era llevado a la mega trituradora, no importando que aun estuviera vivo, era lanzado a convertirse en hamburguesas congeladas.
Ya tengo dos meses en este campo, he perdido la esperanza de salir en una pieza. Asi mismo, he perdido la esperanza en la humanidad, ya que aunque suene increíble, en pleno siglo XXI, existe un hombre que comete estas barbaridades, apoyado por la ONU y por todos los grandes industriales..
 
Jorge F. Guillen

“Pluma mexicana”

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