Aquella tarde, me sentía mal, había estado
resfriado toda la semana, pero ese día, estaba fatal. Solía ir los sábados a
visitar a mi padre en ese viejo osario, que pese a haber sido remodelado,
seguía teniendo el aspecto lúgubre de ser el sótano de una vieja iglesia.
Como todos los sábados, me senté en aquella banca de madera al fondo del osario y comencé a platicar con mi padre. Eran aproximadamente las 4 de la tarde, el lugar era silencioso y en el malestar de la enfermedad, me quede profundamente dormido.
Por azares del destino, súbitamente desperté, ya estaba muy obscuro, me levante y camine a la entrada de aquel mausoleo. Todo estaba en silencio, únicamente se oían mis pisadas en el suelo de mármol y se veía el reflejo de luz de mi celular sobre las tapas de los nichos.
Al llegar a la entrada, la puerta estaba cerrada, intente abrirla sin éxito. Pude ver a través del cristal de la puerta que tenía una cadena alrededor de las manijas y un candado. Al exterior solo se veían los arboles del campo santo y el camino principal, en completa calma y a lo lejos mi auto, aparcado en una de las glorietas.
Volteé a mí alrededor, únicamente se veía en el fondo del pasillo un vitral con una escena dantesca del infierno, nunca me había detenido a verlo. Volteé una vez más a la puerta cuando se escuchó a mis espaldas una risa demoníaca. Comenzaba a sentirme nervioso, pero trate de calmarme pensando en que me había sugestionado por el vitral.
Nuevamente empuje la puerta, sin éxito, al segundo intento, escuche la risa más fuerte a mis espaldas. Me faltaba valor para voltear, comencé a patear la puerta logrando hacer un pequeño estrellón en el vidrio.
Me disponía a rematar la puerta para poder salir, cuando escuche la risa nuevamente, con todo mi valor intente voltear, cuando sentí en mi hombro una mano. Helado de miedo, mire despacio sobre mi hombro, y solo pude ver una mano color grisáceo, con garras negras.
Con todas mis fuerzas y con un ataque de desesperación rompí la puerta y corrí hasta mi auto, derribe la puerta del cementerio y no pare hasta llegar a casa.
Al día siguiente, hice todas las gestiones para trasladar los restos de mi padre a otro lugar, y estoy seguro que sucedió ya que tengo en el hombro 5 cicatrices de rasguño que lo prueban…
Como todos los sábados, me senté en aquella banca de madera al fondo del osario y comencé a platicar con mi padre. Eran aproximadamente las 4 de la tarde, el lugar era silencioso y en el malestar de la enfermedad, me quede profundamente dormido.
Por azares del destino, súbitamente desperté, ya estaba muy obscuro, me levante y camine a la entrada de aquel mausoleo. Todo estaba en silencio, únicamente se oían mis pisadas en el suelo de mármol y se veía el reflejo de luz de mi celular sobre las tapas de los nichos.
Al llegar a la entrada, la puerta estaba cerrada, intente abrirla sin éxito. Pude ver a través del cristal de la puerta que tenía una cadena alrededor de las manijas y un candado. Al exterior solo se veían los arboles del campo santo y el camino principal, en completa calma y a lo lejos mi auto, aparcado en una de las glorietas.
Volteé a mí alrededor, únicamente se veía en el fondo del pasillo un vitral con una escena dantesca del infierno, nunca me había detenido a verlo. Volteé una vez más a la puerta cuando se escuchó a mis espaldas una risa demoníaca. Comenzaba a sentirme nervioso, pero trate de calmarme pensando en que me había sugestionado por el vitral.
Nuevamente empuje la puerta, sin éxito, al segundo intento, escuche la risa más fuerte a mis espaldas. Me faltaba valor para voltear, comencé a patear la puerta logrando hacer un pequeño estrellón en el vidrio.
Me disponía a rematar la puerta para poder salir, cuando escuche la risa nuevamente, con todo mi valor intente voltear, cuando sentí en mi hombro una mano. Helado de miedo, mire despacio sobre mi hombro, y solo pude ver una mano color grisáceo, con garras negras.
Con todas mis fuerzas y con un ataque de desesperación rompí la puerta y corrí hasta mi auto, derribe la puerta del cementerio y no pare hasta llegar a casa.
Al día siguiente, hice todas las gestiones para trasladar los restos de mi padre a otro lugar, y estoy seguro que sucedió ya que tengo en el hombro 5 cicatrices de rasguño que lo prueban…
Jorge F. Guillen
“Pluma mexicana”
