El dos de Noviembre es el día de los muertos para todos en México, menos para mí. Un dos de noviembre fue cuando perdí mi alma, mi historia fue así; Esa tarde, había ido a visitar a mi padre al panteón, la crisis que estaba azotando a nuestro México, me tenía hundido en la miseria, así que solo pude ir a comer unos frijoles y un litro de pulque en el cementerio. En el campo santo se percibía un ambiente festivo, se escuchaba música y había muchas familias comiendo en los alrededores de las tumbas, en las que descansaban los familiares que se habían adelantado. Yo estaba solo, en compañía de mi padre. Mientras comía los frijoles, platicaba con él, le platicaba lo difícil que era la vida en el país de hoy en día, que el México progresista en el que el vivió, ya no existía. Al calor del monologo sostenido con la lápida, fui agotando el litro de pulque, el cual poco a poco comenzó a subir a mi cabeza. Empecé a sentir sueño y poco a poco me fui quedando dormido. Cuando desperté, ya era de noche, la luz de la luna alumbraba el campo santo y ya no había nadie en los alrededores. Solo se escuchaba el ruido de los grillos y otros insectos que Vivian en el cementerio. Me levante con un ligero dolor en la cabeza, camine hacia la entrada y la reja estaba cerrada. Súbitamente se empezó a sentir frio y se dejaron de escuchar los insectos. Todo quedo en silencio. En el camino central del campo santo, se empezó a distinguir una silueta negra, por la vestimenta de charrería que portaba, por un momento pensé que se trataba de alguno de los músicos que por la tarde amenizaban, sin embargo, conforme se fue acercando, sentí como se me erizaban los pelos y el pánico comenzó a apoderarse de mí. Cuando llego a mi lado, le pregunte quien era, a lo que me respondió “En algunos lados me llaman lucifer, en otros satanás, en estas tierras me conocen como el charro negro”. Al escuchar estas palabras, un sudor frío recorrió mi cuerpo. “No te espantes, vengo a proponerte un trato. Te he visto los últimos meses, sé que no tienes dinero en el bolsillo ni para curarte la cruda con un plato de pancita, me interesa tu corazón, porque pese a tu situación, no te has dejado corromper por la corrupción ni por el abuso de confianza. Por eso quiero comprar tu alma”. Recordé las llamas del fuego eterno, tan mencionadas en las iglesias, sin embargo, infierno era en el que vivía diariamente entre asaltos, estrecheces económicas, trabajo de sol a sol y hambre. ¿Qué podía ser peor? Decidí cambiar mi alma por bienes materiales y desde entonces, estos últimos 10 años no me ha faltado nada. Sin embargo, por las noches escucho ruidos y risas macabras, he consultado religiosos, curanderos y chamanes, sin que nadie pueda salvar mi alma. Cada dos de Noviembre, el Charro Negro se queda toda la noche al pie de mi cama, y en mi cabeza su voz retumba; “El día que mueras, vendré por tu alma que me pertenece”…
Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”
