viernes, 17 de junio de 2016

La zona de confort


Desde pequeño, su vida fue mediocre, nunca sobresalió en algo. Sus padres le enseñaron a quejarse de todo, le inculcaron que el entretenimiento era ver la tv. Creció viendo dibujos animados insulsos, telenovelas y futbol.  Poco a poco su cerebro se pudrió. No terminó la escuela, consiguió un empleo mediocre, en donde le pagaban acorde a su personalidad, es decir, le pagaban mediocremente.
Su pensamiento era; “hacen como que me pagan, hago como que trabajo”. Estuvo estancado varios años en el mismo puesto. Amargamente se quejaba de su sueldo, sin embargo no quería más responsabilidad, se quejaba de su economía, sin embargo, los fines de semana se la pasaba bebiendo y viendo el futbol, en los días laborales, anhelaba la hora de la salida y los fines de semana. Haraganeaba y perdía el tiempo en lugar de maximizarlo.
Siempre quiso cambiar de trabajo, pero nunca tuvo el coraje de salir de su zona de confort, todos los días hacia lo mismo, sin variar la rutina. Era reacio a los cambios.
Al igual que de su trabajo, se la pasaba quejándose de la situación del país. Era una ironía completa, ya que él era el primero que debía predial, agua, impuestos, etc. En elecciones, prefería no votar. Criticaba a todos los candidatos sin informarse de sus propuestas.
Al paso de los años, estaba en el mismo lugar, en la misma zona de confort. Comenzó a ver con envidia a sus conocidos que habían progresado, algunos tenían una casa, algunos tenían auto, algunos tenían hermosas familias y otros cuantos habían logrado el desarrollo personal y profesional de sus hijos. Todo esto él lo añoraba, mas no se daba cuenta que todo esto, sus conocidos lo habían conseguido con mucho esfuerzo, trabajo, sudor y lágrimas.
Debido a esto, comenzó a sentirse incomprendido y se autonombro una víctima de la sociedad. Víctima fue de la zona de confort. Todos los días inventaba chismes, dificultaba el trabajo de sus compañeros, los maldecía a todos. Sin embargo esto no lo llenó. Lo único que consiguió fue perder lo único que le quedaba; su mediocre empleo.
Cayó en una depresión profunda, no salía de la habitación que ocupaba en la casa de su madre. Un día el sentimiento de frustración fue tan grande, que decidió abrir sus venas. No tuvo el coraje, así que decidió ir a una estación de subterráneo cercana a su morada. Cuando el tren se iba acercando a toda velocidad, sin pensarlo, se tiró a la vía. Fue lo único provechoso que hizo en toda su vida; ser alimento para los roedores del subterráneo.
Lectores míos, si esto hicieran todos aquellos que son víctimas de la zona de confort, los subterráneos estarían tapados con sus cadáveres. No se queden con las ganas de intentar algo diferente, háganlo. 

Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”

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