miércoles, 22 de junio de 2016

El hábito traidor

Desde su noviciado, se había encontrado en comunidades femeninas, siempre vivió alejada de la frivolidad, bajas pasiones y ambición del mundo exterior.
Su despertar sexual, lo vivió con las hermanas mayores de su congregación, entre actos lésbicos y depravados que fueron ejecutados en su cuerpo. Por esta razón, nunca descubrió su atracción por el sexo opuesto.
Nunca conoció el poder, siempre estuvo al servicio de la hermana superiora, subordinada, a sus órdenes, placeres y caprichos más banales.
El día que tomó los hábitos, fue asignado como directora de una escuela para varones de la congregación.  Tenía el conocimiento teórico, mas no el práctico, dominaba técnicas de pedagogía para controlar un grupo, más no tenía técnicas para controlar sus pasiones.
El primer golpe de fuego que sintió en la bragadura fue cuando enviaron a su oficina a uno de aquellos adolecentes rebeldes.
No pudo escucharlo, admiraba con lujuria su cuerpo. Para contenerse solo pudo cruzar la pierna y lo hizo salir de su oficina. No comprendía que era aquello que sentía, esa sensación deliciosa que quemaba abajo el hábito.
En este incidente, aparte de aquella sensación, descubrió que tenía el poder sobre aquellos adolescentes. Su mente acalorada por la lujuria, tramó la manera de quedar a solas con alguno de ellos.
A la mañana siguiente, ejecuto su plan, y rápidamente olvido su voto de castidad al sentir las manos de aquel adolecente que torpemente recorrían su cuerpo, cayó en el fondo del placer, cuando culmino el acto sexual. Después de este encuentro, no lo pudo dejar y lo convirtió en una costumbre.
Tuvo con mucha vergüenza que decir a su confesor, sus nuevas costumbres, describir aquel fuego que se escondía bajo ese hábito traidor. La vergüenza pasó, cuando descubrió que el confesor sentía las mismas pasiones. Desato su fuego con el confesor, probo la diferencia entre un hombre y un adolecente.
Después de esto, rumores acerca la madre directora comenzaron a expandirse. Esto comenzó a atormentarla, se había dado cuenta de que era esclava del fuego que sentía bajo el hábito. Recordaba que había roto su voto de castidad, y que sin la orden no sería nada, el pánico la invadía con solo pensar en que se convertiría en paria.
Con el transcurso de los días, el stress y nerviosismo fueron aumentando, hasta el dia que no lo soportó más. Lo último que se supo de ella fue que la hermana portera la encontró colgada de su rosario en su celda.


Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana” 

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