Todos los días era lo mismo, día a día la rutina no cambiaba;
llegar al trabajo, saludar a los compañeros y escuchar a su jefe.
Su jefe era un demonio, un mismísimo enviado del averno para hacer miserable la vida de todos los Godínez del lugar. Nunca estaba actualizado en las actividades, solo pedía reportes a sus subordinados cuando lo solicitaban sus superiores y solo los trasmitía, nunca movía un dedo a menos que se aburriera de navegar a la deriva en internet. Siempre tenía la razón. Cuando sucedía alguna desgracia, solucionaba todo gritando exhibiendo y humillando a todos, quería soluciones, pero nunca supo darlas. Ostentaba ese puesto por recomendación de algún pariente.
Este día todo fue diferente, estaba a punto de divorciarse, su madre había muerto en días anteriores, no había pagado la tarjeta y debía diversos servicios. Todos estos demonios peleaban en su interior, robándole la tranquilidad y el sueño. No había terminado de saludar a sus compañeros, cuando escucho la molesta voz de su jefe, pidiéndole reportes de fin de mes. Sin alterarse los llevo a la oficina de su jefe. Como de costumbre, su jefe no veía a la gente cuando le hablaba, era más importante contestar un mensaje de su móvil. Esta acción comenzó a irritarlo. Cuando por fin el jefe vio los reportes, estallo en un acto colérico, arrojándolos al escritorio y diciendo que eran una porquería, que quería una solución inmediata. Fue en este momento que Amón toco su alma, la ira en un instante se apodero de su ser. Baño a su jefe de insultos, sujetándolo de la camisa. Lo único que encontró a mano, fue una engrapadora, con una tira de grapas al lado, cogió la tira de grapas y recorrió el cuello del tirano. Por un instante, sintió la anhelada libertad. Todos sus problemas profanos desaparecieron. La sensación de paz y tranquilidad inundo su alma mientras el tirano se desangraba en el piso, bañando de sangre su inútil aparato que le reclamaba leyera un mensaje. La imagen de su cuerpo rodeado de la inmunda sangre que escapaba de su cuello era reconfortante. Ni siquiera la tortura y muerte sufridas en la oficina de justicia para poderosos, pudieron arrebatarle esa sensación.
Desde ese día, se desprendió de la vida ajetreada, con una paz y tranquilidad mira de lejos ese demonio llamado estrés, que nos acosa día a día, y se ríe de el en el eterno oriente.
Su jefe era un demonio, un mismísimo enviado del averno para hacer miserable la vida de todos los Godínez del lugar. Nunca estaba actualizado en las actividades, solo pedía reportes a sus subordinados cuando lo solicitaban sus superiores y solo los trasmitía, nunca movía un dedo a menos que se aburriera de navegar a la deriva en internet. Siempre tenía la razón. Cuando sucedía alguna desgracia, solucionaba todo gritando exhibiendo y humillando a todos, quería soluciones, pero nunca supo darlas. Ostentaba ese puesto por recomendación de algún pariente.
Este día todo fue diferente, estaba a punto de divorciarse, su madre había muerto en días anteriores, no había pagado la tarjeta y debía diversos servicios. Todos estos demonios peleaban en su interior, robándole la tranquilidad y el sueño. No había terminado de saludar a sus compañeros, cuando escucho la molesta voz de su jefe, pidiéndole reportes de fin de mes. Sin alterarse los llevo a la oficina de su jefe. Como de costumbre, su jefe no veía a la gente cuando le hablaba, era más importante contestar un mensaje de su móvil. Esta acción comenzó a irritarlo. Cuando por fin el jefe vio los reportes, estallo en un acto colérico, arrojándolos al escritorio y diciendo que eran una porquería, que quería una solución inmediata. Fue en este momento que Amón toco su alma, la ira en un instante se apodero de su ser. Baño a su jefe de insultos, sujetándolo de la camisa. Lo único que encontró a mano, fue una engrapadora, con una tira de grapas al lado, cogió la tira de grapas y recorrió el cuello del tirano. Por un instante, sintió la anhelada libertad. Todos sus problemas profanos desaparecieron. La sensación de paz y tranquilidad inundo su alma mientras el tirano se desangraba en el piso, bañando de sangre su inútil aparato que le reclamaba leyera un mensaje. La imagen de su cuerpo rodeado de la inmunda sangre que escapaba de su cuello era reconfortante. Ni siquiera la tortura y muerte sufridas en la oficina de justicia para poderosos, pudieron arrebatarle esa sensación.
Desde ese día, se desprendió de la vida ajetreada, con una paz y tranquilidad mira de lejos ese demonio llamado estrés, que nos acosa día a día, y se ríe de el en el eterno oriente.
Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”
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