miércoles, 13 de julio de 2016

El violinista del infierno




Desde pequeño adoré la música clásica, este gusto lo herede de mis padres. Ellos escuchaban a Beethoven, Mozart, Chopin, Vivaldi y varios grandes más de la música.
Sobre toda la música, siempre adore el sonido del violín, era un éxtasis escuchar una pieza de Paganini.
También desde pequeño tome lecciones de violín, en todas las lecciones logre algunas melodías, entendía perfectamente las partituras, sin embargo siempre me quede con ganas de más.  Mis manos eran torpes, los sonidos que salían de mi violín eran más semejantes a chirridos de puerta carente de aceite, que al arte audible que brotaba de las piezas de paganini. Esto siempre me frustro muchísimo.
Llegue a la adolescencia con esa frustración, siempre quise tocar el violín como Paganini. El día que lo logre, fue un día que escuchaba la “sonata del diablo”, deliciosa pieza la cual al escucharla, le deja a uno la impresión de estar haciendo el amor con la música. Con esa bella pieza, se me ocurrió investigar un poco más sobre el mito del pacto que había entre Paganini y el demonio. En toda la investigación, apareció el nombre de un demonio quien supuestamente otorgo su habilidad a Paganini a cambio de su alma. Nada perdería con intentarlo.
Esa misma noche, me encontraba según la creencia popular en un cementerio, a las tres de la mañana, dispuesto a conjurarlo. Encendí las velas negras, 5, cada una en una punta de un pentagrama trazado en el suelo, con unos restos humanos en el centro, y un poco de mi propia sangre.
Recité las palabras sacramentales, sin que nada sucediera. Al cabo de media hora, sin escuchar más que los ruidos de algunos insectos en el cementerio, decidí volver a casa. Cuando llegué a casa, no tarde en quedarme dormido. En un sueño, un hombre sin rostro se me acercó,  con una voz grave y burlona me dijo que me concedería lo  que había pedido, sin embargo, aparte de mi alma, mi castigo seria  escuchar la sonata todas las noches sin poder descansar realmente. En ese momento, la comencé a escuchar.
A la mañana siguiente, pensé que todo había sido un sueño, pero mi insana curiosidad me hizo tomar el violín e intentarlo. Fue la primera  vez que hice música. A partir de ese momento, me convertí en un famoso violinista, inclusive fui contratado por el conservatorio de música, hice varias giras, en fin, el sueño de todo músico.
Pese a que  adoro la música, odio la sonata, ya que no puedo cerrar los ojos, sin tener que abrirlos al instante. Cuando logro dormir, aparte de la sonata, me despierta esa voz burlona que me recuerda el poco tiempo que me queda como dueño de mi alma…

Jorge F. Guillen

“Pluma mexicana”

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