lunes, 27 de junio de 2016

El demonio de la funeraria

Ese día fui a la funeraria, a presentar mis condolencias a un buen amigo mío. El funeral era lo típico; mujeres llorando, otros tantos rezando y los más indiferentes.
Yo presente mis condolencias a mi amigo, y me dispuse a retirarme. El edificio estaba en el centro de un cementerio, al atravesar rumbo al estacionamiento era bastante tétrico.  Trate de no pensar en ello, sin embargo, en uno de los corredores que se extendían al fondo del pasillo, vi a una dama, hermosa, solo la vi de espaldas. Alcance a ver que era blanca, llevaba un vestido negro corto, sus piernas lucían espectaculares, y el contorno de su figura te quitaba el aliento.
La seguí pensando que era alguna doliente del funeral, que seguramente se había extraviado en la inmensidad. Intente gritarle, pero se volteó a verme, su rostro era hermoso. Sin decir nada, me indico que la siguiera, y, embelesado por su belleza, así lo hice. Caminamos a través de la sección más vieja del cementerio y llegamos a una capilla antigua, alcance a ver en la fachada que databa de 1859.
Ella abrió la puerta y se metió, lo dude por un momento, pero termine siguiéndola. En el interior, ella se posó sobre la lápida, al acercarme, su dulce aroma me hizo ceder, y no resistí el besarle. Hicimos el amor desenfrenadamente sobre aquella lápida.
Cuando me estaba arreglando la ropa, le pregunte su nombre, y solo escuche a mis espaldas una risa burlona. Al instante volteé sobresaltado, ya no estaba la hermosa chica, era algo con una forma humana, pero a la vez, irradiaba una energía muy pesada.
Le pregunte quien era, no respondió. De pronto en el polvo de la lápida se dibujó; “No tienes la templanza para resistir, por lo tanto me perteneces…” exclamó.  Lo único que pude hacer, fue salir corriendo, atorándome entre las ramas del pasillo, y escuchando a mis espaldas esa risa burlona.
Llegue al auto, subí y me encerré. Mi respiración era agitada, así que trate de calmarme. Cuando comencé a respirar más relajadamente, una voz susurró a mi oído; “No  puedes esconderte”.
No supe que sucedió. A la mañana siguiente, el guardia de la funeraria me despertó golpeando el vidrio de la ventanilla. Bastante nervioso, le platiqué los acontecimientos de la noche anterior, y muy tranquilo me explico que no era la primera vez que ocurría, y que ese demonio me estaría esperando hasta el final de mis días. En mi cara se reflejó la desesperación. El guardia lo notó y me dijo; “No te preocupes, a mí también me espera, desde ese encuentro, nuestros días están contados…”


Jorge F. Guillén
“Pluma mexicana”

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